Bienaventurados los sufridos
y los pacificadores
Segundo Jueves de Cuaresma
21 Feb 08

Mateo 5, 5

“Bienaventurados los sufridos porque Dios los consolará”.

1 Pedro 2, 20-25

   Si hubieseis de sufrir castigo por haber faltado, ¿qué mérito tendríais? Pero si hacéis el bien y por ello sufrís pacientemente, eso sí agrada a Dios.
Habéis sido llamados a comportaros así, pues también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.

Él no cometió pecado,
ni se halló engaño en su boca;
injuriado, no devolvía las injurias;
sufría sin amenazar,
confiando en Dios,
que juzga con justicia.
El cargó con nuestros pecados,
llevándolos en su cuerpo
hasta el madero,
para que, muertos al pecado, vivamos por la salvación.

   Habéis sanado a costa de sus heridas, pues erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al que es vuestro pastor y guardián.

Mateo 5, 9
“Bienaventurados los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios”.

Efesios 2, 11-22

   Así pues, vosotros, los paganos de nacimiento, los llamados incircuncisos por los que pertenecen a la circuncisión —esa marca hecha en la carne por mano de hombre—, recordad que en otro tiempo estuvisteis sin Cristo, sin derecho a la ciudadanía de Israel, ajenos a la alianza y su promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Ahora, en cambio, por Cristo Jesús y gracias a su muerte, los que antes estabais lejos, os habéis acercado.

   Porque Cristo es nuestra paz. El ha hecho de los dos pueblos uno solo, destruyendo el muro de enemistad que los separaba. El ha anulado en su propia carne la ley con sus preceptos y sus normas. El ha creado en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad, restableciendo la paz. El ha reconciliado a los dos pueblos con Dios uniéndolos en un solo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la enemistad. Su venida ha traído la buena noticia de la paz: paz para vosotros los que estabais lejos y paz también para los que estaban cerca; porque gracias a él unos y otros, unidos en un solo Espíritu, tenemos acceso al Padre. Por tanto, ya no sois extranjeros o advenedizos, sino conciudadanos dentro del pueblo de Dios; sois familia de Dios, estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular, en quien todo el edificio, bien trabado, va creciendo hasta formar un templo con sagrado al Señor, y en quien también vosotros vais formando conjuntamente parte de la construcción, hasta llegar a ser, por medio del Espíritu, morada de Dios.