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Tras la llamada de los discípulos, Marcos nos presenta a Jesús en la Sinagoga. Era sábado “día religioso por excelencia, dedicado a la oración y al descanso”. Jesús va a la asamblea y allí expone su doctrina. Quienes le escuchan se asombran del modo como lo hace: con autoridad y no como los letrados que siguen las tradiciones de los antepasados, según dice más adelante (7,3). Lo que significa que la palabra de Jesús posee valor por sí misma, sin necesidad de recurrir a la autoridad de ningún maestro. Esto a más de uno debió parecerle una osadía. De hecho, sus pisanos, en Nazaret, cuando le oigan, se sorprenderán porque ellos saben quién es y conocen que no se ha formado con ningún rabino. Por todo esto, Jesús se ve en la necesidad de confirmar su palabra con el poder que tiene sobre los espíritus. De ahí la liberación del endemoniado.
El diálogo con el espíritu inmundo es de lo más significativo. Le llama “Jesús nazareno”. Es decir, utiliza su nombre. En la antigüedad conocer el nombre era una forma de alcanzar poder sobre la persona. La pregunta que le hacen viene a significar: ¿acaso crees que tienes poder sobre nosotros? A renglón seguido, añaden el título “El Santo de Dios”. Era una forma de designar al mesías. Llamarle de esta forma era como desvelar ante el pueblo que Jesús era el mesías que ellos deseaban. Pero, por el resto del evangelio, sabemos que Jesús no comparte esa idea. Por ello, esta expresión, más que un acto de fe, es un sabotaje: pretende presentarle ante la gente como el mesías político que llevaban siglos esperando; era la forma de desvirtuar su mesianismo. Por eso, Jesús le manda callar y salir.
La reacción de la gente es más de lo mismo: ¿Qué es esto? Se preguntan. No preguntan quién es éste, sino qué es esto. Porque lo sorprendente es el hecho que están contemplando. Más tarde Jesús preguntará a sus discípulos qué opinión tiene la gente y ellos sobre él. Pero ahora se trata del hecho mismo de Jesús. La fe comienza dejándose sorprender por los hechos. Luego, en un segundo momento, viene el dejarse impactar por la persona. Y es precisamente el hecho lo primero que despierta las defensas. Sus enemigos dirán que expulsa los demonios en nombre de Satanás.
Lo que ocurrió entonces sigue ocurriendo hoy. El hecho religioso cristiano despierta interrogantes, recelos y miedos y no poca oposición. Muchos de los detractores del cristianismo tratan de separar a Jesús de sus seguidores, pero no es sino una forma de evitar enfrentarse con lo que él representa: su persona, sus enseñanzas, sus opciones... ponen en tela de juicio muchos de los valores hoy dominantes. Sigue siendo verdad, como dice san Juan, que la luz viene al mundo, pero muchos prefieren las tinieblas. La pregunta es: cuando eso ocurre ¿pierde la luz o pierde el mundo?
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