El Evangelio nos dice que Juan proclamaba un bautismo de CONVERSIÓN para el perdón de los pecados, él era la voz de Dios para los hombres de su tiempo.
Invitaba a los hombres y mujeres a un cambio de mentalidad, un cambio en los criterios fundamentales para sus vidas. Convertirse proviene de una palabra griega que significa “cambio de mente”, “más allá de nuestro conocimiento”, es decir, Juan va por los caminos PROCLAMANDO sin miedo que para ser felices era necesaria una revisión de la propia vida, de los proyectos más próximos y descubrir la necesidad de transformación que tenemos los seres humanos.
Bautismo de conversión es una llamada a sumergir toda nuestra la realidad, toda nuestra existencia, en el amor gratuito de Dios. Sólo desde esta transformación personal podremos PROCLAMAR no con palabras sino con nuestro testimonio sencillo, que todo ser humano está llamado a contemplar la liberación que Dios nos trae en la fragilidad del Niño de Belén.
Entonces nuestra vida tendrá el efecto que se da cuando arrojamos una piedra en el agua: se hace alrededor una sucesión casi interminable de círculos en torno a ese primer toque. No sólo seremos transformados personalmente sino que nuestra mirada nueva contagiará los ambientes con la paz, el amor, la alegría de Dios, como le sucedió a este monje budista después de una guerra cruel y dolorosa:
“El sufrimiento de Camboya ha sido profundo.
De ese sufrimiento surge una gran ternura.
La ternura pone paz en el corazón.
Un coraz ón pacífico da paz al ser humano.
Un ser pacífico pone paz en una familia.
Una familia pacífica pone paz en una comunidad.
Una comunidad pacífica pone paz en una nación.
Una nación pacífica pone paz en el mundo…”
Y TÚ… ¿QUÉ PROCLAMAS?... |