13 dic 09
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Domingo III de Adviento (Ciclo C)
La novedad no está lejos de ti, está en tu adentro

Lucas 3, 18-10

   En aquel tiempo, la gente preguntó a Juan
   — «¿Entonces, qué hacemos?»
   Él contesto:
   — «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».
    Vinieron también a bautizarse unos publicanos, y le preguntaron:
   — «Maestro, ¿qué hacemos nosotros?»
    Él les contestó:
   — «No exijáis más de lo establecido.»
   Unos militares le preguntaron:
   — «Qué hacemos nosotros?»
   Él les contesto:
   — «No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino contentaos con la paga».
   El pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos:
   —  «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego: tiene en la mano la horca para aventar la parva y reunir el trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.»
    Añadiendo otras muchas cosas exhortaba al pueblo y les anunciaba el Evangelio.

 
   
 

   Un sencillo relato nos puede adentrar en el texto del próximo domingo:

   «En una ocasión, un pequeño comerciante soñó que al cabo de pocos días llegaría a la aldea un peregrino que le daría un diamante que le haría para siempre rico. En efecto, al cabo de poco tiempo se oyó hablar en el pueblo de la llegada de un peregrino, que se había instalado en una cueva a las afueras. El comerciante corrió a buscarlo, y sólo con verlo, le comenzó a gritar que le diera la piedra que tenía. El peregrino rebuscó entre su bolsa y extrajo la piedra. ‘probablemente te refieras a ésta’, dijo, mientras se la entregaba al aldeano. ‘La encontré en el sendero del bosque hace unos días. Por supuesto que puedes quedarte con ella’. El hombre se quedó mirando la piedra con asombro. ¡Era un diamante, el diamante más grande que jamás había visto, casi tan grande como la mano de un hombre! Lo agarró ávidamente entre sus manos y se marchó corriendo. Pero aquella noche fue incapaz de dormir, dando tumbos en la cama hasta la madrugada. Fue a despertar, por fin, al peregrino y le dijo: ‘Dame la riqueza que te permite desprenderte con tanta facilidad de este diamante’».

   Continuamos con el evangelista Lucas, que después de presentarnos claramente la misión de Juan Bautista, nos lo presenta ahora rodeado de personas a las que ha despertado la sana curiosidad acerca de su identidad y también de lo que deben realizar para esa tan anhelada conversión. Para ayudarnos en la comprensión de esta lectura, tomaremos una palabra: NOVEDAD. Esas personas eran como el comerciante que iba en busca de un diamante de mucho valor, sin embargo el auténtico valor era lo que Juan llevaba en su corazón: la humildad para reconocer que Dios es mucho más de lo que podemos pedir o pensar.

   Siempre estamos buscando cosas nuevas, ideologías, modas, formas de responder a las distintas realidades en las que vamos moviéndonos por la vida… La gente que se acerca a Juan le preguntan:    “¿Qué debemos hacer?...”. Y él va entregándoles la clave para esa tan deseada renovación. Se trata del compartir con los demás, de vivir en la verdad haciendo frente a la corrupción y a la falsedad, de ser agradecidos con lo que tienen. Pero más allá de las pequeñas reglas dadas al inicio, el mismo Juan en su persona muestra un camino. Es la antigua novedad de la humildad. Sabe que él no es el Cristo y no da rodeos cuando se lo preguntan. Se siente indigno, pequeño, débil y necesitado de Dios. Por eso sigue proclamando, bautizando, anunciando buenas noticias, mientras espera la aparición de Jesús.

   En el Bautista descubrimos esa hermosa característica de los hombres cogidos totalmente por Dios, que es la sencillez del corazón para acoger el Reino. Se trata de algo externo —que puede ser detectado en el propio comportamiento— pero su fuente está en el corazón. Es un ideal a conseguir en la medida en que las energías del corazón estén en armonía con dicho ideal. Juan guía a los hombres y mujeres de su pueblo hacia la verdadera LUZ: Jesús, a quien deben esperar con un corazón limpio. Sólo así podrán acoger la novedad que se acerca.