20 dic 09
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Domingo IV de Adviento (Ciclo C)
Llamados por Dios para ser bendición en medio de nuestro mundos

Lucas 1, 39-44

   En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito.
   — «¡Bendita tú eres entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

 
   
 
   Acercarse a celebrar el nacimiento de Jesús conlleva recordar la condición de mujer y la fe de María. El episodio llamado de la visitación del evangelio de Lucas nos relata el encuentro de dos mujeres madres. María, la galilea, va a Judá, la región en la que un día el hijo que lleva dentro de ella será rechazado y condenado a muerte. Ante el saludo de la joven, el niño que Isabel está a punto de dar a luz “salta de gozo”; se trata de la alegría del niño —el futuro Juan Bautista— alrededor de quien habían girado hasta el momento los acontecimientos narrados en este primer capítulo de Lucas. Juan cede ahora el paso a Jesús. El gozo es la primera respuesta a la venida del Mesías. Experimentar alegría porque nos sabemos amados por Dios es prepararnos para la navidad.
 
     
 

   Isabel pronuncia entonces una doble bendición. María es declarada “Bendita entre las mujeres”, su condición de mujer es destacada; es considerada amada y privilegiada por Dios. Esto es ratificado por el segundo motivo del elogio: “Bendito el fruto de tu vientre”. Este fruto es Jesús, pero el texto subraya el hecho de que por ahora está en el cuerpo de una mujer, en sus entrañas, tejido de su tejido. El cuerpo de María se transforma así el arca santa donde se alberga el Espíritu y manifiesta la grandeza de su condición femenina. En su visitante, Isabel reconoce a la “madre del Señor”, aquella que dará a luz a quien debe liberar a su pueblo.

   Bendecir significa hablar bien, ensalzar, glorificar. También Jesús bendice a los niños, a los enfermos, a los discípulos, al Padre. Toda bendición va dirigida a Dios. La oración de bendición es, sobre todo, alabanza de acción de gracias. Son benditos, bienaventurados o dichosos los que creen en Dios, los que practican la Palabra, los que dan frutos, los pobres con los que se identifica Jesús. Es también una invitación a valorar la vida de todo hombre y mujer simplemente por ser hijos e hijas de Dios, llamados por Él para que seamos una bendición en medio de nuestro mundo.

   María creyó, y su fe se convirtió en su grandeza y en el fundamento de su felicidad. María se convierte en maestra de la fe, aceptando cuanto se le anuncia de parte de Dios aunque ella no se pudiera explicar el modo como se realizaría aquel plan. Toda la vida de María se fundamenta en su fe, en la adhesión que ha prestado desde el primer momento a la revelación que llegó hasta ella.

   María se presenta toda ella, como una bendición de Dios. ¿No sientes en tu vida esta llamada de Dios que te llama: bendito/a?