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Isabel pronuncia entonces una doble bendición. María es declarada “Bendita entre las mujeres”, su condición de mujer es destacada; es considerada amada y privilegiada por Dios. Esto es ratificado por el segundo motivo del elogio: “Bendito el fruto de tu vientre”. Este fruto es Jesús, pero el texto subraya el hecho de que por ahora está en el cuerpo de una mujer, en sus entrañas, tejido de su tejido. El cuerpo de María se transforma así el arca santa donde se alberga el Espíritu y manifiesta la grandeza de su condición femenina. En su visitante, Isabel reconoce a la “madre del Señor”, aquella que dará a luz a quien debe liberar a su pueblo.
Bendecir significa hablar bien, ensalzar, glorificar. También Jesús bendice a los niños, a los enfermos, a los discípulos, al Padre. Toda bendición va dirigida a Dios. La oración de bendición es, sobre todo, alabanza de acción de gracias. Son benditos, bienaventurados o dichosos los que creen en Dios, los que practican la Palabra, los que dan frutos, los pobres con los que se identifica Jesús. Es también una invitación a valorar la vida de todo hombre y mujer simplemente por ser hijos e hijas de Dios, llamados por Él para que seamos una bendición en medio de nuestro mundo.
María creyó, y su fe se convirtió en su grandeza y en el fundamento de su felicidad. María se convierte en maestra de la fe, aceptando cuanto se le anuncia de parte de Dios aunque ella no se pudiera explicar el modo como se realizaría aquel plan. Toda la vida de María se fundamenta en su fe, en la adhesión que ha prestado desde el primer momento a la revelación que llegó hasta ella.
María se presenta toda ella, como una bendición de Dios. ¿No sientes en tu vida esta llamada de Dios que te llama: bendito/a?
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