3 Ene 10
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Domingo II de Navidad (Ciclo C)
«La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros»

JUAN 1, 1-18

   En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.
   La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
   En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
   Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
   La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
   Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.
   Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de Él y grita diciendo: "Este es de quien dije: el que viene detrás de mi pasa delante de mí, porque existía antes que yo"
   Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

 
   
 

   Como una pausa entre la Navidad y la Epifanía, este domingo nos sumerge en la contemplación del misterio de la Palabra hecha carne. El prólogo de Juan sirve de guía. Según el evangelista, la Palabra –que es la vida y la luz– viene al mundo como un don, como una bendición, y los hombres responden a ella, unos con la aceptación, otros con el rechazo. Los primeros llegan a ser hijos de Dios. Los segundos permanecen en la oscuridad.

   Al mirar a nuestro mundo y contemplar el olvido de Dios y hasta su rechazo por parte de algunos, es inevitable preguntarse qué le ocurre al hombre de nuestro tiempo para que prefiera ponerse de espaldas a la luz; qué encuentra en el olvido de Dios más ventajoso para sí que la fe en un Dios que es amor, vida y luz.  Se suele responder a esto –con demasiada ligereza– que el hombre es pecador, que es materialista, que se ha dejado seducir por los filósofos ateos... Pero la pregunta sigue sin responder. Porque no hablamos de un dios terrible o caprichoso, injusto, amenazante y celoso de la felicidad humana como lo entendían las mitologías más antiguas. Hablamos de un Dios amigo de la vida, creador, padre, salvador, puro amor.

   Tal vez la parábola del hijo pródigo sea la respuesta más cercana a la realidad. El joven vive feliz en la casa paterna, pero se cansa de ser hijo y, seducido por un espejismo de libertad,  piensa que es hora de vivir a su aire. Al final de su aventura comprende que no es ni más libre ni más feliz. Posiblemente sea ese el trasfondo del olvido de Dios en nuestra sociedad y en nuestro mundo. Seducidos por nuestra capacidad –hemos llegado a las estrellas y estamos llegando a las fuentes de la vida–, pensamos que Dios es un supuesto innecesario. Lo que es cierto como opción metodológica en el campo de las ciencias –no podemos, por ejemplo, explicar el rayo como una manifestación de la ira divina–, es un terrible error como postura existencial porque deja sin contenido el sentido de la vida. Si vivir es una pausa entre la nada y la nada ¿para qué vivir? Si ello es así, hay que dar la razón al Enuma Elis –la cosmogonía babilónica– cuando afirma que el ser humano fue creado por los dioses para ser desdichado.

   Cuando el no creyente dice: “¡Dios: no te necesito!”, Dios responde: “Tampoco yo a ti, pero te amo”. Volver el corazón a Dios viene a ser lo mismo que ponerse de cara al amor. Todavía en el comienzo del tercer milenio, necesitamos repensar la postura ante Dios. La aventura del alejamiento –que para muchos no ha terminado– no ha conducido a un mundo más feliz y humano, sino al contrario. Necesitamos a Dios, aunque él no nos necesite a nosotros. El fenómeno de la increencia nos ha hecho revisar muchas cosas a los creyentes. Ahora les toca a los no creyentes revisar sus planteamientos y superar sus propios dogmatismos. Unos y otros necesitamos comprender que la verdadera sabiduría es la que brota de la duda y que las certezas son más semilla de fanatismo de que verdad. Es cierto que, si Dios no existe, la fe de los creyentes no lo va a hacer existir. Pero también es cierto lo contrario: si existe, negar su existencia no lo va a hacer desaparecer. Por eso, a los seres humanos, sólo nos queda la búsqueda y el esfuerzo por alcanzar algo de la Verdad.

   Posiblemente un día comprendamos que estamos más cerca de lo que creemos: los no creyentes nos pueden ayudar a precisar lo que afirmamos; los creyentes, por nuestra parte, podemos ayudar a los no creyentes a precisar lo que niegan.