17 ene
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Domingo II Tiempo Ordinario (Ciclo C)
Tú has guardado el vino bueno hasta ahora

Juan 2, 1-11

   En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo:
   — «No les queda vino.»
   Jesús le contestó:
   — «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.»
   Su madre dijo a los sirvientes:
   — «Haced lo que él diga.»
   Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo:
   — «Llenad las tinajas de agua.»
   Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó:
   — « Sacad ahora y llevádselo al mayordomo.»
   Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo:
   — «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora.»
   Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él.

 
   
 

   Este domingo se nos presenta un evangelio cargado de significatividad y simbolismo, imposible de abarcar en esta reflexión dominical. Sin embargo, tal vez nos podamos fijar en dos detalles importantes que nos ayuden a vivir el sentido profundo de este texto. Esos dos detalles son:

  • unas bodas, para realizar el primer signo mesiánico que nos presenta el evangelista Juan
  • y la presencia de la madre de Jesús.

   Por una parte, a lo largo de todo el Antiguo Testamento nos encontramos que la relación entre Dios y su pueblo ha sido representada en muchas ocasiones como una relación esponsal (Dios es el esposo, el pueblo es la esposa).

   Por otra, en las bodas, normalmente, no falta el vino, que en el Antiguo Testamento representa a menudo los bienes de la nueva alianza, era uno de los elementos esenciales del banquete mesiánico. Es el signo de la fiesta y de la alegría. En la tradición bíblica significa todo lo que tiene de agradable la vida: la amistad, el amor, el gozo. En el judaísmo tardío, el vino había llegado a ser uno de los símbolos preferidos para designar la ley, especialmente la ley nueva que tendría que enseñar un día el Mesías.

   Si contemplamos estos dos elementos en el relato de Juan, podemos deducir con facilidad que en la relación entre Dios y su pueblo (la boda) falta algo esencial: la amistad con Dios, el amor, el gozo.

   En cuanto a la presencia de la madre de Jesús, ella representa a esa parte del pueblo fiel que toma conciencia de aquello de lo que carece la relación esponsal entre Dios y su pueblo. Digamos que representa a todo aquél que es capaz de descubrir las carencias de todo lo que acontece a su alrededor desde la fidelidad, desde el reconocimiento de la posibilidad de una realidad nueva en Jesús.

   La Madre de Jesús (que el evangelista no llama por su nombre en el relato para significar su sentido simbólico) media, intercede, pide e indica el camino para superar la dificultad que contempla: Haced lo que Él os diga. Ésta es una invitación a aceptar la palabra del Hijo como la realización de todas nuestras esperanzas y anhelos, cuando estos nacen de la fidelidad y la confianza, comprometiendo sin condiciones nuestra vida en la realización de aquello que escuchamos, de aquello que dicha Palabra expresa.
El signo se realiza cuando la Palabra que Jesús pronuncia es realizada, concretada en la realidad: la carencia se convierte en abundancia; el vino es nuevo (la amistad, la alegría, el amor y el gozo), mejor que el anterior (la antigua Alianza).

   Tal vez, desde esta reflexión podríamos hacernos algunas preguntas que nos ayuden a abrir los oídos y el corazón a lo que Dios no presenta a través de este relato:

  • ¿Soy consciente de que en mi vida hay relaciones con personas y cosas en las que falta el vino?
  • ¿Contemplo la vida de otras personas que son fieles a la Palabra de Dios como una invitación a ponerme a la escucha del proyecto de Jesús?
  • ¿Confío en que Jesús es la posibilidad de realizar todos mis anhelos y esperanzas más profundas?
  • ¿Asumo mis compromisos y responsabilidades sin condiciones para hacer lo que Él nos dice?
  • ¿Creo firmemente que hay una vida nueva, mejor que la que llevo?

   Contestando estas preguntas con sinceridad en el corazón es posible que la Palabra escuchada de Jesús abra en ti nuevos cauces, nuevos caminos, nuevas posibilidades para poder reconocer con el espíritu agradecido: Señor, Tú has guardado el vino bueno hasta ahora.

   Que esta expresión sea para nosotros el comienzo de esa realidad nueva que Dios quiere seguir recomenzando en nuestras vidas y que, atentos a este ofrecimiento que Dios nos hace, seamos capaces de comprometernos, sin condiciones, en la transformación de todo aquello que en nosotros supone carencia o limitación, transformando nuestro mundo en una Eclessia llena del vino nuevo que se desborda desde la nueva y eterna Alianza que Dios ha sellado con el hombre en Cristo Jesús.