Cuando contemplamos las palabras del Evangelio surge en nuestro interior como una especie de miedo por lo comprometido que nos puede parecer vivir con radicalidad lo que en él se nos propone. Mirad, el evangelio de S. Lucas se escribió entre los años 80-90 d. de C.; iba dirigido a cristianos de la segunda generación que empiezan a estar lejos de los ímpetus iniciales y parece como que viven la tentación de acomodarse: aparece la rutina, se aferran a los bienes de este mundo y se van olvidando de las exigencias radicales del seguimiento de Jesús. En este tiempo la Iglesia ya había sido expulsada de la sinagoga. Lucas nos ofrece una invitación a recordar las palabras y la vida de Jesús como medio de conversión para renovar el entusiasmo y la ilusión por vivir con coherencia el mensaje del Reino.
Veíamos la semana pasada a un Jesús plenamente convencido de que la actuación del Espíritu domina su existencia y, haciendo suyo el anuncio del profeta Isaías dirigido a los desterrados que volvían a Jerusalén, predice que ese anuncio se va a cumplir en su persona, en sus palabras y en sus hechos. Hoy contemplamos a un Jesús incomprendido y rechazado, adquiriendo la narración de Lucas tintes claramente dramáticos.
En el evangelio de hoy, el contexto es el mismo que la semana pasada: la sinagoga de Nazaret. Y es en este contexto donde Lucas nos ofrece, desde el principio de su evangelio, una anticipación simbólica del rechazo, oposición y ceguera que el ministerio de Jesús va a provocar: vino a los suyos, pero los suyos no lo acogieron (Jn. 1, 11).
A pesar de que aquellos que le escuchan quedan sorprendidos, cuando Jesús les interpela mostrándoles cómo Elías y Eliseo se vuelven hacia los paganos porque su propio pueblo no estaba dispuesto a escuchar sus palabras, lejos de mirarse a ellos mismos para corregir una actitud que se repite con Él, se ponen furiosos e intentan despeñarlo.
¿Es posible que cuando la verdad se nos muestra surja en nuestro interior un intento de no asumir la responsabilidad de vivir en la mentira? ¿Es verdad que cuando se nos denuncian actitudes intentamos defendernos arremetiendo contra los otros? ¿Cuántas veces intentamos quitar de en medio a aquellos que nos exigen radicalidad y coherencia con sus palabras o sus gestos?
Creo que cuando vivimos aferrados a nuestras comodidades, a nuestras seguridades, cuando no nos exigimos coherencia instalados en la inercia de la rutina, cuando perdemos el entusiasmo y la ilusión por vivir lo que somos es entonces cuando surge el miedo y se desatan los mecanismos de defensa para no salir de estas situaciones, las cuales nos ofrecen una falsa felicidad y nos impiden seguir creciendo, desde la responsabilidad de nuestra propia vida, asumiendo el riesgo de existir.
Tal vez el evangelio de hoy pueda ser una invitación a salir de mí mismo para emprender un camino con Jesús: se abrió paso entre ellos y se alejaba (desde una traducción del texto más actualizada: se escabulló entre la gente y siguió su camino).
Sin embargo, también creo que si, desde la libertad que somos capaces de descubrir en nosotros, optamos por vivir radicalmente lo que creemos, lo que nos hace verdaderamente felices, todo lo que hace surgir lo mejor de nosotros mismos, vamos descubriendo un horizonte siempre nuevo que nos proporciona sentir con gozo la propia vida.
Si somos capaces de escabullirnos entre la gente, de vencer tentaciones absurdas, de reconocer la verdad cuando se muestra ante nosotros, de superar barreras que nos cohíben, de ampliar límites para realizar lo que somos, será en ese momento cuando la vida se abra ante nosotros para permitirnos disfrutar de lo que somos y acariciar nuevos horizontes siguiendo su camino, sin olvidar que su camino se dirige a la entrega total de su vida en Jerusalén: el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por la buena noticia, la salvará (Mc. 8, 35).
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