Tras las tentaciones de Jesús en el desierto, la liturgia nos presenta el acontecimiento de la Transfiguración del Señor, que vivieron algunos de sus discípulos (Pedro, Santiago y Juan), como manifestación de Dios a contemplar en nuestro caminar/peregrinar hacia la Pascua.
Como siempre, Jesús toma la iniciativa y se lleva a tres de los suyos para orar. Es en el contexto de la oración donde se produce este gran acontecimiento. Es en lo alto de la montaña donde se realiza esta gran manifestación.
El pasado domingo se nos mostraba el desierto como lugar teológico donde se hace presente la crisis en la vida del hombre; hoy se nos muestra lo alto de la montaña como lugar teológico donde Dios se manifiesta en la vida del creyente. En el primer caso, Jesús es llevado por el Espíritu y vence la tentación; en el segundo, Jesús ora en compañía de sus discípulos y Dios manifiesta a los discípulos un destino de gloria: la gloria del Padre.
Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que, al comenzar la CUARESMA, se nos invita a dos actitudes importantes: la necesidad de afrontar nuestras dificultades y la de hacerlo convencidos de nuestro destino.
Jesús, el Hijo… escogido, es presentado como la luz radiante (sus vestidos brillaban de blancos) que destaca sobre la luz manifestada en la Ley (Moisés) y la manifestada por los profetas (Elías). Los discípulos al contemplar esta escena ¿Qué experiencia tienen? Primero se espabilan, es decir, ven con más claridad; después se sienten a gusto, en serenidad, en paz: qué bien se está aquí. Sin embargo, no deja de aparecer la tentación: haremos tres tiendas… no sabía lo que decía. Es la tentación de quedarnos en aquello que nos agrada, lo que nos seduce desde el bienestar, pero sin compromiso. Jesús no ha venido a eso (hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén), sino a comprometer su propia vida para liberar a los hombres del pecado y de la muerte.
De nuevo se nos indica cómo vencer esta tentación: llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: - «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle». La nube nos sitúa en un contexto divino en el que resuena la invitación del Padre a la escucha de su Hijo.
Vencida la tentación, comienza el camino de la Luz, el camino del discipulado tras las huellas del Maestro: consumar la muerte de Jesús en Jerusalén. Es el camino de la cruz como paso previo a la plenitud en la Gloria del Padre.
Podemos descubrir dos elementos formulados a modo de preguntas: ¿soy consciente de cuál es mi destino? ¿sé cuál es el camino? El destino del creyente es la felicidad, que alcanza su máxima expresión en la participación para siempre de la Gloria alcanzada por el Hijo; el camino es la Cruz, que se realiza en la fidelidad al proyecto de Dios en los distintos avatares de la vida. ¿Cómo puedo alcanzar esto? El creyente que se deja cubrir por la presencia de Dios escucha atento la palabra del Hijo dejándose transformar por una luz resplandeciente que alumbra la negrura de su corazón, irradia claridad en las tinieblas de los hombres y brilla en la oscuridad del mundo. Esta posibilidad está a tu alcance: ¡Acógela y brilla! |