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Tras el relato de las tentaciones y la Transfiguración, seguimos nuestro itinerario hacia la luz Pascual, a través de este tiempo de gracia que es la CUARESMA, con una advertencia por parte de Jesús: es urgente convertirse, es necesario esforzarse a tiempo, antes de que sea demasiado tarde.
La doctrina judía de la retribución temporal, desde la cual toda desgracia era consecuencia de las acciones ocultas o desviadas de los hombres, establece una diferencia entre los galileos asesinados en la matanza de Pilato en el Templo de Jerusalén y los que habían salvado el pellejo; los primeros eran considerados pecadores desde esta doctrina, los segundos justos.
Jesús refuta esta teoría, que establece una estrecha relación entre pecado y castigo, para afirmar que todos los hombres, iguales a los ojos de Dios, necesitamos convertirnos a sus caminos, ya que ésta es la única manera de no perecer. Jesús nos presenta a un Dios que no actúa dando escarmiento a los hombres haciéndoles caer en desgracia como pago por sus pecados, pues la desgracia sería para todos al ser todos pecadores. En esta presentación encontramos una invitación a analizar los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor para interpelar nuestra vida: lo que acontece en la historia y en la vida del otro es una llamada a recapacitar sobre nuestra existencia y encaminarnos hacia la apertura del corazón al proyecto de Dios que se hace historia en nuestra vida, que se hace en nosotros Historia de Salvación.
Para ilustrar esta invitación, el evangelista pone en boca de Jesús la parábola de la higuera estéril. En ella se nos indica que nos encontramos en un tiempo de oportunidad dado por Dios para la conversión. A pesar de la urgencia de la invitación a la conversión y a dar frutos, vivimos todavía en el tiempo de la paciencia de Dios para con nosotros.
Por un momento párate a pensar que tú eres esa higuera que no ha dado fruto, o al menos no has dado el fruto que Dios espera de ti. La impaciencia del dueño de la viña lleva a arrancar la higuera por ser infructuosa. La paciencia del viñador, que es el que la cuida, el que la mima, el que la alimenta, el que se esfuerza por animarla para dar fruto, envuelve la vida de la higuera, tu vida, en una perspectiva esperanzada.
Esta parábola tiene un significado estimulante. Ahora bien, no por ello ha de estar privada de radicalidad. Es posible que los galileos murieran por causa de la perversidad de otro ser humano, y que los dieciocho judíos, aplastados por una torre, murieran sólo por accidente. No es el caso de la higuera estéril; la higuera tiene que morir porque no da fruto, porque no es más que un parásito. En definitiva, eso es «el pecado más grande». La culpabilidad que brota de las continuas dilaciones y de la falta de decisión personal es verdaderamente grave; mucho más que la que se pueda suponer en una muerte violenta o en un accidente inesperado (Fitzmayer).
La gran invitación que podemos recibir este domingo es a dejarnos cuidar, mimar, alimentar, animar, por Aquél que espera de nosotros una respuesta agradecida porque nos ama y, desde ese amor, está convencido de que en nosotros opera la fuerza de ese amor si, desde nuestra libertad, lo acogemos.
Aquél que te ha dado la vida y la existencia, aquél que ha puesto en tus manos toda una serie de recursos, capacidades y posibilidades, Ése y no otro, espera que des fruto evitando posponer continuamente la actuación de tu creatividad en la construcción de su Reino, primero en tu interior y, después transformando el mundo. Aquél que te ha creado no lo ha hecho para que seas higuera estéril, sino para que vayas tras sus huellas y des fruto abundante.
Este tiempo de cuaresma es una nueva oportunidad que te ofrece Aquél que tiene paciencia contigo, que te invita a la conversión y te anima a vivir la gran alegría que experimenta el hombre cuando, acogiendo su amor, transforma sus actitudes oscuras en frutos de conversión. |
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