Cercanos a la celebración de las fiestas Pascuales, en este último domingo de Cuaresma, y tras la reflexión sobre la verdad en el amor, desde la libertad y la lealtad, de la parábola del Hijo Pródigo, se nos presenta el relato de la mujer adúltera en el evangelio de san Juan.
El mensaje central de este texto no es más que la prohibición de emitir juicios severos sobre los demás en relación con su culpabilidad, ya que el que así juzga es también culpable: tú que juzgas, quienquiera que seas; pues en lo que juzgas a otro te condenas a ti mismo, ya que haces lo mismo que condenas. Pues sabemos que Dios condena según la verdad a los que hacen tales cosas (Rom. 2, 1-2). Jesús ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc. 1-, 10).
Desde esta clave podemos profundizar en nuestras actitudes cuando contemplamos aquello que no se ajusta a nuestros criterios, a nuestros principios, a lo que deseamos y queremos. La actitud de Jesús, modelo para todos los que queremos vivir con coherencia nuestra fe, es de confrontación y misericordia.
¿Ante quién y por qué es de confrontación? Una vez más los escribas y fariseos intentan pillar a Jesús. Si Jesús niega la ley de Moisés entonces viola la ley judía: Si una joven virgen está prometida a un hombre y otro hombre la encuentra en la ciudad y se acuesta con ella, los sacaréis a los dos a la puerta de esa ciudad y los apedrearéis hasta que mueran: a la joven por no haber pedido socorro en la ciudad, y al hombre por haber violado a la mujer de su prójimo. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti (Dt. 22, 23-24); si Jesús afirma la ley de Moisés, entonces viola la ley romana, ya que los romanos habían prohibido al Sanedrín ejecutar la pena de muerte. Jesús actúa de una manera inteligente, desvía la cuestión hacia el interior de los acusadores, no hacia la actuación de la acusada: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.
¿Ante quién y por qué es de misericordia? Jesús se dirige a la mujer sorprendida en adulterio. No la interroga acerca de su acción, ni de las excusas que pudiera aportar, sino acerca de sus acusadores invitándola a hablar, facilitándole la respuesta, proporcionándole aire en la situación difícil que está viviendo. Podríamos decir que la está liberando de la angustia que en un momento como ese puede vivir cualquier persona. Nadie se ha atrevido a emitir un juicio contra ella. Le ayuda a tomar conciencia de la realidad que está viviendo: se le concede, por las palabras de Jesús (Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más), la misericordia de Dios para que en el futuro evite el pecado, de tal manera que la absolución de su culpa lleva explícitamente la invitación a una vida nueva.
Respondidas las dos preguntas anteriores, tal vez no vendría mal un poco de autoreferencia. En primer lugar, nos podemos plantear: ¿cuál es mi reacción cuando me siento confrontado? (los fariseos dieron una escapada por respuesta: se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos); ¿cómo reacciono cuando siento la misericordia de Dios? (la mujer lo invocó como Señor: Ninguno, Señor).
En segundo lugar, ¿Ante quién y por qué actúo con actitud de confrontación? ¿Ante quién y por qué actúo con misericordia? En Jesús encontramos una razón para ello, ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido, actitud que nace de un corazón que ama a la persona, cree en ella, afirma sus posibilidades y potencia sus capacidades.
En todo el relato encontramos una sola preocupación de fondo: Jesús no quiere juzgar, sino salvar. Dios quiere ejercer la misericordia y realizarla en la persona de Jesús y, por extensión, podemos afirmar que Dios quiere ejercer la misericordia y realizarla en la misión de la Iglesia. Dios quiere ejercer la misericordia y realizarla a través de ti y de toda persona de buena voluntad que, acogiendo su amor, quiera llevarlo a todos los rincones de la tierra.
En síntesis, afirmamos que sólo el amor salva. Ésta es la verdad del amor engendrado desde la misericordia. |