En medio de la alegría de la RESURRECCIÓN recibimos el saludo del Señor:
PAZ A VOSOTROS
El Resucitado se presenta en medio de los discípulos cumpliendo las promesas que les había hecho: dentro de poco volveréis a verme (Jn 16, 16), os enviaré el Espíritu (Jn 14, 26; 15, 26; 16, 7), tendréis paz (Jn 16, 33).
La experiencia de los discípulos no es fácil de asimilar. Ellos creían en la resurrección del último día y esta experiencia les viene grande. San Juan nos subraya la identidad del Resucitado con el Crucificado, en lo cual tiene gran interés ya que no pretende resaltar la vuelta a la vida de un cadáver, como sería el caso de Lázaro, sino la plena participación de la vida divina por un ser humano.
Al margen de los distintos aspectos literarios que aparecen en el relato, el evangelista pretende destacar la identidad del Resucitado, del Cristo de la fe, con el Crucificado, con el Jesús de la historia.
Las dificultades humanas para asumir el misterio de la resurrección vienen expresadas en la actitud de Tomás que, vencida su increencia o incredulidad, se presenta como modelo de fe para todos aquellos que no quieren creer sin ver: Señor mío y Dios mío. Tomás reconoce a Jesús como Dios y Señor, es decir, descubre al Hijo de Dios en un ser humano como nosotros.
Concluye nuestro relato pascual ofreciéndonos la finalidad de los signos relatados en el evangelio de Juan y de muchos otros signos, que no están escritos en este libro: mover a los lectores a la fe en Jesús teniendo clara conciencia de las consecuencias de esta fe: vida en su Nombre.
Nosotros hemos recibido el Espíritu en nuestro bautismo, hemos sido invitados a una vida nueva en la paz, hemos sido asociados a la muerte y Resurrección de Jesús; ahora bien, ¿tenemos vida en su Nombre?
Para responder con sinceridad a esta cuestión se hace necesario vivir la experiencia de Tomás: reconocer con claridad la identidad del Cristo de la fe con el Jesús de la historia para proclamarlo como Dios y Señor. Es verdad que, en los tiempos que corren, no es fácil dar razón de los signos de la presencia del Resucitado en medio de nuestra sociedad y cultura; sin embargo, también es verdad que la experiencia creyente es una realidad vivida y sentida profundamente por muchos hombres y mujeres de hoy.
La incredulidad, como expresión del laicismo militante que se extiende por nuestro entorno, nos exige, tal vez hoy más que en otros tiempos, ahondar en nuestra experiencia de fe y profundizar en la presencia del Resucitado en nuestra vida. Sólo desde ella podremos mostrar signos creíbles que testifiquen a favor de nuestra fe.
Tenemos una fe: Cristo ha resucitado; tenemos una misión: anunciarla a todos lo hombres; tenemos una fuerza: la del Espíritu. Asumir con responsabilidad estas tres realidades (fe, misión y fortaleza) nos dará vida en su Nombre. Este es el signo más creíble que podemos ofrecer para que el mundo crea que Cristo ha resucitado.
CRISTO VIVE, Y NOSOTROS EN SU NOMBRE
FELIZ PASCUA |