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Desde la metáfora de la relación entre el pastor y las ovejas, éstas se distinguen por escuchar la voz del Pastor y seguirle, mientras que Aquél las conoce y les da una vida eterna. En estas cuatro pinceladas podemos observar la idea que la comunidad joánica tiene de sí misma: se sabe unida a Jesús, su Pastor, separada de los que quedan fuera, protegida por Jesús y por el Padre, en tal grado que nadie puede arrebatarle el tesoro de la Salvación.
El poder protector de Jesús es el mismo del Padre, que es mayor que el de cuantos amenazan el rebaño de Jesús. En el enfrentamiento con los judíos incrédulos Jesús se remite continuamente al hecho de que actúa según la voluntad del Padre y con su autoridad, pero no desde una autoridad dada, sino desde la autoridad que emana de la perfecta comunión entre Jesús y el Padre: Yo y el Padre somos uno.
El evangelio de este domingo puede ayudar a plantearnos, en clave pascual, cuáles son las actitudes que configuran nuestra comunidad cristiana y a nosotros como miembros de la misma. En medio de la realidad socio-cultural que nos ha tocado vivir y para dar testimonio del amor de Dios, la existencia cristiana requiere descubrir en cada acontecimiento la voz de Dios que nos habla y nos invita al seguimiento fiel en la unidad de vida (personas íntegras) y de fe (comunidad profética).
La Iglesia, como comunidad de creyentes, desde la profunda convicción de que nada ni nadie le puede arrebatar el tesoro que lleva guardado en vasijas de barro, se enfrenta al gran reto de mostrar al mundo quién es su pastor, en quién pone su confianza, dónde está su seguridad y cuál es su tesoro.
Ante unos hombres que caminan como ovejas sin pastor, el testimonio creyente se configura como una oferta de felicidad para todo el hombre y para todos los hombres, una oferta que, abarcando la totalidad del ser, alinea la vida cristiana como posibilidad de plenitud para la sociedad a modo de luz, sal y fermento; posibilidad que tiene la garantía de un Dios que ha hecho suya la causa del hombre.
Si tienes a Jesús como Pastor, escucha su voz, síguele y, desde la certeza de la Resurrección, proclama que Cristo vive sabiendo que nada ni nadie puede acallar tu voz a través de la cual Dios pasa (pascua) por la vida de los hombres. |
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