10 oct 10
 
 
Domingo XXVIII Tiempo Ordinario (Ciclo C)
Levántate, vete; tu fe te ha salvado

Lucas 17,11-19

   Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:
   — “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.”
   Al verlos les dijo:
   — “Id a presentaros a los sacerdotes.”
   Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús dándole gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo:
   — “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”
   Y le dijo:
   — “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”».

 
   
 

   En nuestra cultura y mentalidad damos mucha importancia a los aspectos morales de la Escritura y, debido a ello, interpretamos un texto como éste en clave de buenas costumbres. A partir del mismo montamos todo un discurso sobre la gratitud a Dios y entre los hombres. Pero, aunque el texto ciertamente habla de la gratitud, si queremos profundizar en su aspecto más nuclear, hemos de ir mucho más allá. No trata de destacar simplemente la importancia de la gratitud como una buena costumbre en personas educadas y “bien nacidas”, sino que se refiere a la actitud con la cual el hombre religioso ha de situarse ante Dios.

   El evangelista está criticando la espiritualidad basada en el mérito, en virtud del cual Dios simplemente reconoce la propia bondad del hombre. En esa espiritualidad no cabe la misericordia, lo único que cabe es la justicia. Desde este régimen los pecadores están automáticamente excluidos, ya que un pecador jamás puede compensar el mal que ha hecho. Lo único que puede hacer es reconocer su pecado, que es precisamente lo que hace el publicano de la parábola en su oración, es decir, reconocerse inferior y reconocerse en deuda eterna con Dios. Precisamente en eso, como ya hemos dicho antes, está la salvación porque esa es la fe.

   El texto expresa una de las bases de la espiritualidad cristiana que se fundamenta en lo que denominamos: la espiritualidad del don. Dicha espiritualidad es también la que recogen los evangelios cuando afirman que el comienzo de la vida espiritual está en reconocer el don y su magnitud. El cristianismo reconoce que todo es gracia, como bien dice san Pablo: "todo es don".

   Charis en griego significa gracia y de ahí viene precisamente el término caridad. La caridad bien entendida no significa simplemente la compasión. Éste término, frecuentemente utilizado en el discurso budista, hace referencia al hecho de sentirse impactado por el sufrimiento de otro ser humano o de cualquier ser vivo por pertenecer a la misma materia. La caridad y la gracia es la moción que surge de la conciencia del don. La persona se vuelca en los demás porque antes Otro se ha volcado en ella. Por tanto la caridad cristiana no se puede reducir simplemente a compasión budista. Una vez agradecido el don, surge el afecto hacia quien nos lo ha concedido y, de cara a los otros, el paso siguiente es el de practicar la gratuidad, que significa tratar al otro como se me ha tratado a mí. Así el proceso es completo es: el don lleva a la gratitud y ésta a la gratuidad. La gratuidad con los otros —la generosidad sin medida— es el signo de que se ha agradecido y reconocido el don.

   Toda espiritualidad basada en el mérito y en el derecho es una falacia. Se trata de equipararse con Dios para reclamarle la gran cantidad de cosas que hacemos por él. De modo que se trata de una reducción de Dios al ámbito humano, del Creador a la dignidad de la criatura.