| |
|
|
A veces miro al mundo, a mi mundo,
y no me gusta nada de lo que veo.
Hay muchas injusticias, dolor,
diferencias negativas, catástrofes.
Si veo un telediario y soy consciente de
lo que escucho, me desanimo y me entristezco.
Sí, mi Dios, ya sé que algunos jóvenes pasan,
pasan de todo lo que ocurre a su alrededor,
pero a mí me afecta mucho ver a las
víctimas de esta realidad que hemos creado,
tanto sufrimiento que no comprendo.
Niños que mueren sin una oportunidad
de sobrevivir al hambre y a la sed,
catástrofes naturales que se ceban
siempre con los más pobres e indefensos,
accidentes terribles,
la insolidaridad…
y me pregunto, en lo profundo,
lo mismo que los que no creen en ti:
«¿Por qué Dios permite esto?»
Entonces, mi Dios, nace en mi interior
un sentimiento de rebeldía
y una voz profunda, que me dice:
«Dios es amor. No desea nunca el mal».
Yo sé que eres Amor, lo siento,
siento cómo me amas,
pero también entiendo que por mucho que nos ames
nos has hecho el regalo más valioso:
el de la libertad.
Nos quieres tanto que nos das una libertad
que a veces no sabemos usar,
o la usamos para nuestro beneficio,
de manera egoísta e inconsciente.
Nos quieres tanto que sufres
con nosotros al ver el dolor del mundo,
sin poder hacer nada,
porque nos hiciste libres.
Y no puedes quitarnos lo que más nos hace
parecernos a ti: la libertad.
Dame fuerza e inteligencia
para usar bien y para el bien, mi libertad.
Para optar siempre por lo mejor,
para mí y para los demás.
Y que sepas, Padre,
que agradezco infinitamente tu regalo,
porque así también puedo ser libre
para amarte. Amén.
|