Nadie tiene más amor que
quien da la vida por los amigos.
¡Cómo vibra hoy mi corazón
ante tus palabras, Señor!
Es verdad que te entregas
al límite, al máximo,
sin guardarte nada: nos das
la vida, pero también nos regalas
con ella tu relación con el Padre,
tu misterio trinitario, tus sueños,
tu proyecto, tu Reino.
Sabías que no íbamos a saber
apreciar el tesoro que nos dejabas,
pero era todo lo que tenías:
tu presencia constante, tu Cuerpo
y tu Sangre que se entrega
no sólo en un momento de valentía,
sino para siempre.
Y nos llamas amigos.
Con tu Palabra nos haces amigos.
Nos recreas y nos desvelas
lo mejor de nosotros mismos:
la amistad contigo.
Que sepa valorar siempre
el misterio de tu entrega permanente.
Que sea consciente
de tu amor que no se acaba,
que es fuente inagotable
que me llama a empapar
de ella mi vida para poder
ofrecer también yo esa amistad
gratuita, generosa, fiel y sincera.
Ante la Eucaristía, quiero, Señor,
repetir una y mil veces: ¡Gracias!
O tal vez, quedarme en silencio,
dejando que el corazón exprese
lo que mis labios no son capaces
de traducir a palabras.
¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!
¡Amor! ¡Entrega! ¡Comunión!
Gracias. |