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Mi Dios, no sé vivir sin ti.
Te necesito, te necesito siempre.
Por eso quiero darte las gracias por
tu muerte y tu resurrección.
Porque Tú Vives,
y necesito que estés a mi lado.
Te siento vivo y presente.
Siento que vives en cada gesto cercano
de las personas que me rodean,
siento que vives en todo el amor
que me regalan y que soy capaz de regalar.
Siento que vives en cada niño
que sonríe y que juega feliz.
Siento que vives cuando contemplo
la belleza de la naturaleza
y me regocijo por dentro.
Siento que vives en los ancianos,
y en el cariño de sus hijos, y sus nietos,
en su cuidado, en su cercanía.
Siento que vives en la alegría
que experimento después de cada esfuerzo,
de cada lucha, de cada reto.
Siento que estás vivo, y a mi lado.
Cuando fracaso y me siento triste
y solo, Tú me das fuerzas,
me enseñas que mi humanidad
no es mi debilidad, sino la capacidad
de crecer con los errores y desaciertos.
Siento que estás vivo.
Siento que vives, porque vives en mí.
Porque cuando miro en mi interior,
cuando bajo hasta el extremo de mi profundidad,
al lugar donde nadie más que yo
puede llegar, entonces,
allí te encuentro, sonriéndome, amándome,
acariciando mi vida y mi historia,
y diciéndome que estás vivo para siempre,
y que yo viviré siempre junto a ti.
¡Aleluya, Cristo vive!
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