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A tientas me acerco al misterio del poder, que el examinador de Dios parece identificar con la capacidad de hacer uno lo que quiera. En mi fe, el único poder de Dios que he conocido es el que se ha manifestado en formas escandalosas de no poder. A mi Dios todopoderoso -¡todopoderoso!- lo he reconocido niño para el que no hay lugar en la posada, lo he visto huido de un tirano cualquiera, lo he visto hacer el bien por los caminos de los pobres, lo he visto peregrino en un mundo en el que nada era suyo, lo he visto crucificado como un malhechor entre malhechores. Y tan avezados tengo los ojos a verlo, que lo he visto en Haití también entre los escombros. Pues tiene mi Dios querencia por la vida de los pobres, y estaba en aquellas vidas antes del terremoto, en el terremoto y después del terremoto, como estaba en aquel otro pobre antes de la cruz, en la cruz y después de la cruz.
Delante de mi Dios pobre, en la cruz, en Haití, en todas las fronteras del dolor humano, continuaré arrodillándome, pues hay heridas que curar, lágrimas que secar, hermanos a quienes amar, y todo eso se hace mejor de rodillas.
Puede que sea muy importante preguntarse por qué anda Dios herido; pero lo más urgente pienso que es arrodillarse para vendarlo: Continuaré arrodillándome.
+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo de Tánger
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