Pero, la Cruz se ha convertido en algo cotidiano, algo que estamos tan acostumbrados a ver que ni tan siquiera nos paramos a pensar y reflexionar sobre lo que ésta significa. De modo que cuando se nos pregunta por su sentido a menudo recurrimos a tópicos que en muchos casos son hasta contradictorios con la imagen de un Dios amor.
Por ejemplo, algunos ven en la cruz sólo el sufrimiento de Cristo. Éstos tienen en la Cruz la excusa perfecta para justificar que la vida consiste ante todo y sobre todo en aceptar el sufrimiento que esta conlleva. Así, cuando pasamos por un momento malo afirman que si miramos a la Cruz podemos encontrar en ella el consuelo, por aquello de que el mismo Dios ha sufrido mucho también. Podríamos aplicar el refrán que dice: “Mal de muchos consuelo de tontos”. En el fondo lo que expresan es una visión negativa de la vida y de la propia existencia. Ven la vida como un eterno suplicio, como una carrera de obstáculos que hay que superar hasta llegar a la meta del eterno descanso.
Para muchas de estas personas la vida no ha sido fácil, han experimentado tanto sufrimiento en sus vidas que ya no pueden ver más que tristeza y dolor. Aunque esta actitud es comprensible no debemos justificarla. Cuando no somos capaces de superar las experiencias negativas perdemos la esperanza, cerramos los ojos a todo lo bueno que nos rodea y en definitiva dejamos de confiar en la vida y en última instancia en Dios. Aunque si bien físicamente todavía estamos vivos, de alguna manera ya hemos muerto, nuestra existencia ha perdido su sentido, nuestra alma presenta enfacelograma plano.
No me resigno a asumir que la vida sea tan sólo un lugar de sufrimiento, me parece una actitud derrotista, cobarde y victimista que nos impide abrir cualquier puerta a la esperanza. Es cierto que Cristo sufrió, pero si analizamos la totalidad de su vida podemos descubrir que su Pasión ocupa un brevísimo espacio de tiempo. Jesús, ante todo y sobre todo, fue alguien que confío su vida al Padre, que vivió las alegrías y las penas propias de cualquier ser humano, que supo disfrutar con cada cosa que hizo, que no se quedó contemplando el sufrimiento humano sin más sino que se puso manos a la obra para hacer más soportable la vida de sus contemporáneos. Por ello, si queremos hacer justicia a la vida de Jesús no podemos quedarnos sólo con su Pasión.
Además, la Cruz no se puede convertir, como tantas veces hemos hecho, en aquello que justifique el inmovilismo o en algo a perseguir por sí mismo: si Cristo sufrió yo también he de sufrir. Es cierto que en los primeros siglos del cristianismo fueron muchos los que entregaron su vida como mártires de la fe. Pero también es verdad que no se consideraban mártires aquellos que buscaban el martirio sin más. Incluso podemos afirmar que quien busca ante todo y sobre todo el sufrimiento no deja de ser un masoquista por muy elevadas razones que pretenda dar para justificar dicha búsqueda.
Asimismo esta visión doliente y resignada choca con la visión actual de nuestra sociedad que más que justificar el sufrimiento huye de él. Padecemos una rara alergia que nos hace escabullirnos de todo aquello huele a realidad y a dolor. Somos capaces de disfrazar el sufrimiento —la realidad— de mil formas. Una de las estrategias para regatearle dolor a la vida consiste en el uso de eufemismos y así en lugar de decir aborto preferimos hablar de interrupción voluntaria del embarazo; o en lugar de decir muerte de un enfermo decimos eutanasia o muerte digna o para referirnos a nuestros ancianos los llamamos personas de la tercera edad. Hoy todo tiene que dar sensación de nuevo, de joven, de progreso. Hoy decimos que se idolatra el cuerpo, pero no cualquier cuerpo —ya que tan cuerpo es el de un niño como el de un anciano o el de un joven— sino el cuerpo joven y con capacidad de disfrute.
Tampoco podemos entender la Cruz como el hado griego, el terrible destino que nos espera a aquellos que seguimos a Cristo. Así, es normal que tantos jóvenes y personas de a pie no quieran ni pisar nuestras iglesias.
Aunque sea cierto que Cristo muriendo en la Cruz nos ha redimido de nuestros pecados, hoy los más jóvenes y la mayoría de la gente no tiene conciencia de pecado, con lo cual el que les digamos que Dios ha muerto por sus pecados les suena a chino mandarín, sueco o armenio. Es curioso contemplar como hemos pasado de una época en la que todo era pecado a otra en la que el pecado no existe. Quizás sea porque durante mucho tiempo hemos evangelizando metiéndole miedo a la gente con las penas del infierno. Hoy, por suerte o por desgracia, ya no resulta efectivo amenazar a los mortales con las penas eternas, porque entre otras cosas si la gente no cree en el cielo cómo va a creer en el infierno.
En definitiva, son muchos los tópicos que por no pararnos a pensar reproducimos sin más. Lógicamente, actuamos de buena fe. Pero la buena intención no está reñida con un planteamiento coherente y razonado. Decimos que Dios es amor, pero no tenemos inconveniente en afirmar que quiso que su Hijo padeciera y sufriera. Éste es un dios sádico que no tiene nada que ver con el Dios que nos ha sido revelado en Jesucristo. También afirmamos que la Cruz fue la consecuencia lógica de su vida; tarde o temprano se lo tenían que quitar de en medio. Y aunque esto en parte es verdad a menudo se nos olvida que Jesús no fue un revolucionario ni un mesías político. Jesús aceptó su destino libremente. Jesús en Getsemaní decide aceptar lo que a continuación le iba a suceder. También en el evangelio de Juan se nos muestra como Jesús dio su vida libremente: “nadie me quita la vida, yo la entrego libremente” (Jn 10,17).
La Cruz no se puede separar del contexto global de la vida de Jesucristo, ni se puede tomar como una isla en medio de un océano que o bien hay que esquivar o ensanchar. Algunos pretenden pasar directamente a la Resurrección esquivando o viviendo como un mero trámite el Viernes Santo. Estos quieren vivir la plenitud pero sin despeinarse. Otros se quedan en el Viernes Santo y de ahí no salen. Es la Iglesia del Sepulcro y del sufrimiento que no está interesada en la Resurrección, todo lo más considera ésta como el final feliz de una historia de dolor.
La clave para entender la Cruz no es otra que el Amor. El que había amado a los hombres sin medida, quiso amarnos todavía más, quiso amarnos hasta el extremo.
El que ama de verdad no se reserva ni su propia vida. La medida del amor es el amor sin medida. Así, la Cruz no es más que expresión del amor de Dios. Sólo alguien loco de amor puede hacer algo como lo que Jesús hizo.
Pero todavía hay más. La Cruz nos muestra cual es la verdadera esencia del hombre: el amor. San Juan en su primera carta define a Dios como amor. Pues bien, nosotros que somos imagen y semejanza de Dios sabemos, además por propia experiencia, que cuando más plenos y llenos de vida nos apreciamos es precisamente cuando nos sentimos amados y somos capaces de dar ese amor a otros. El amor es, sin duda, lo más genuinamente humano, lo más genuinamente divino.
Por ello, si queremos ser verdaderamente lo que somos tenemos que ser ante todo y sobre todo seres enamorados, es decir, en-amor-dados. Y el amor por excelencia es el amor de Dios. Quien ha experimentado ese amor, ya no quiere sucedáneos. No puede conformarse con vivir una vida mediocre, una vida de mínimos, de cumplimiento, o de sometimiento a leyes puramente humanas. Quien ha descubierto el amor de Dios se sabe amado sin medida, sabe que hay Alguien que confía en él más de lo que nadie haya hecho nunca jamás. Es por ello, que no se queda en sus limitaciones —las que todos tenemos— sino que confía sobre todo en las posibilidades que Dios le ha dado. Quiere amar y entregarse a los demás como Dios lo hace por él.
¿Te sientes amado por Dios de un modo gratuito y absoluto? ¿Crees verdaderamente que puedes amar de ese modo? ¿Crees que puedes confiar en Dios a pesar del sufrimiento que observas a tu alrededor y en tu propia vida? ¿Crees que eres algo más que tus limitaciones y tu sufrimiento? ¿Crees que eres alguien y no algo? ¿Crees que la vida es algo más que pasárselo bien y disfrutar?
Cristo nos ha amado sin medida, porque él es amor, porque el amor no tiene límites. La Cruz es prueba de ello. Cristo nos ha mostrado cual es nuestra verdadera esencia: que no está en poseer cosas o personas; en ser eternamente joven; en disfrutar al máximo de los placeres terrenales; en ser reconocido por la sociedad como un hombre o una mujer de éxito; en esquivar todo aquello que me produce dolor. Nuestra esencia más profunda es el amor.
Yo entiendo que esto nos asuste y nos dé miedo, porque amar no es fácil, da un poco de vértigo; pero sólo en la medida que nos dejamos amar y amamos nos vamos encontrando con lo que verdaderamente somos.
Y el final de una vida entregada por amor no es la muerte. Curiosamente cuando nos olvidamos de nosotros mismos, es cuando más nos encontramos. Son estas paradojas las que muchas veces hacen que nos perdamos en el camino de la vida. Pero fiémonos de Dios, aprendamos de Jesús. Incluso la muerte física no es el final, sino el último transito hacia la plenitud absoluta. Para muchos Cristo fracasó cuando murió en la Cruz, pero nosotros sabemos que alcanzó la Gloria definitiva. La Cruz no es el final, la Cruz es la expresión misma de esa plenitud que todos queremos alcanzar: el Amor.
Creo que la Cruz vista desde esta perspectiva cobrará para muchos un nuevo matiz, el matiz que siempre ha tenido pero que muchas veces nos hemos encargado de esconder bajo otras perspectivas que distan bastante de un Dios que ante todo y sobre todo es Amor. |