Ago 07
 
 
Cuando la vida tiene sentido
¿Cómo podemos esperar que Dios nos dé su bendición y su protección cuando le hemos exigido que nos deje estar solos?

   Hace algún tiempo que llegó a mis manos un extracto de la carta que Lucía Vetruse, una religiosa violada en Bosnia, envió a la superiora de su Congregación. Es la experiencia de una fe vivida desde el más absoluto abandono en Dios, el único que puede dar sentido y respuesta a otras muchas experiencias vividas por otros hombres y mujeres de nuestro tiempo. La carta dice así:

   «Soy Lucía Vetruse, una de las novicias que ha sido violada por las milicias serbias. Le escribo sobre lo que me ha sucedido a mí y a mis hermanas Tartiana y Sendria. Permítame que no le dé detalles. Ha sido una experiencia atroz que no se puede comunicar más que a Dios, a cuya voluntad me entregué cuando me consagré a Él…

   Me encuentro ahora en una angustiosa oscuridad interior. Ellos han destruido mi proyecto de vida, que yo consideraba definitivo. Y me han trazado de improviso otro nuevo, que aún no acierto a descubrir…

 
 

   Le escribo, Madre, no para recibir su consuelo, sino para que me ayude a dar gracias a Dios por haberme asociado a millares de compatriotas mías, ofendidas en el honor y a aceptar la maternidad no deseada… Mi humillación se suma a la de las demás y sólo puedo ya ofrecerla por la expiación de los pecados cometidos por los anónimos violadores y por la paz entre las dos etnias opuestas aceptando el deshonor sufrido y entregándolo a la piedad de Dios…

   He llorado en estos meses todas las lágrimas por mis dos hermanos asesinados por los mismos agresores que van aterrorizando nuestras ciudades. Pensé que ya no podía sufrir muchas cosas más; no imaginaba que el dolor pudiera tener tales dimensiones…
   Ahora soy una de tantas mujeres anónimas de mi pueblo con el cuerpo destrozado y el alma saqueada. El Señor me ha admitido al misterio de su vergüenza y me ha concedido el privilegio de comprender la fuerza diabólica del mal…

   Me iré con mi hijo. No sé a dónde, pero Dios me indicará el camino para cumplir su voluntad. Seré pobre, retomaré el viejo delantal y me pondré los zuecos que usan las mujeres en los días de trabajo e iré con mi madre a recoger resina de los pinos de nuestros grandes bosques.

   Al hijo que espero le enseñaré solamente a amar. Mi hijo, nacido de la violencia, será testigo de que la única grandeza que honra a la persona es la del perdón».


   Realmente es sobrecogedor este testimonio, tan patético como doloroso, que no deja de ser una expresión del drama que, tanto hombres como mujeres, pueden llegar a vivir en nuestro mundo. Tal vez este testimonio nos quede ya lejos, sin embargo, podemos pensar en las atrocidades vividas en la guerra de Irak, en el tráfico de personas, en las dos últimas víctimas del terrorismo, en los ajustes de cuentas en torno al narcotráfico, en la violencia de género o doméstica, en los abusos sexuales, en la negación de posibilidades de vida digna de todos aquellos que viven bajo los umbrales de la pobreza… Podríamos seguir enunciando tragedias personales que afectan y ponen en evidencia las relaciones entre las personas que, en muchas ocasiones, nos llamamos civilizadas.

   Si buscamos el concepto civilización en el diccionario, nos encontramos con la siguiente definición: estadio cultural propio de las sociedades humanas más avanzadas por el nivel de su ciencia, artes, ideas y costumbres. Inmediatamente se me viene a la cabeza una pregunta: ¿cuál es la humanidad, el avance, el nivel en la ciencia, artes, ideas y costumbres de una sociedad en la que hay personas que siguen sufriendo situaciones como la descrita? No tarda en llegar otra pregunta: ¿Qué entendemos en nuestras sociedades avanzadas por dignidad humana?

   El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 357) nos dice: Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar.

   Desde esta peculiaridad original, si el hombre es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas, afirmamos que el uso que hacemos de la libertad determina muy mucho el curso de los acontecimientos de nuestra sociedad y de nuestro mundo, al igual que la concepción del mal que podamos tener.

   Comencemos por este último punto. Para aclarar el tema —en la medida en que es posible— ante todo, parece útil distinguir el mal físico y el mal moral. El mal físico es producido por la naturaleza y va desde los cataclismos hasta las enfermedades y la muerte. El mal moral lo provocamos los hombres con nuestra conducta: guerras, injusticias, etc. Vamos a analizarlos por separado.

   El mal físico es consecuencia de la finitud. Todas las cualidades finitas son limitadas y, por eso, en determinadas condiciones, pueden producir efectos no deseados. Necesitamos, por ejemplo, que la atmósfera tenga oxígeno, para que podamos encender el fuego y para que nuestro organismo pueda oxidar los hidratos de carbono que consumimos; pero ese mismo oxígeno que hay en la atmósfera es el que hace posibles los incendios forestales. Cuando estalla uno de ellos, nos gustaría que el oxígeno fuera un gas inerte, incapaz de mantener la combustión. Sin embargo, la limitación de lo finito radica en que no se puede ser todo a la vez. La consecuencia es obvia: si sólo Dios es infinito, cualquier otra realidad, por el hecho de ser finita, puede fallar en determinadas circunstancias. Y, como dijo santo Tomás, de esta posibilidad deriva el mal. Lo que puede fallar, falla alguna vez.

   El mal moral, en cambio, es consecuencia del uso incorrecto que hacemos de la libertad. De todas formas, en el fondo también el mal moral tiene algo que ver con la finitud. La posibilidad de ese uso incorrecto resulta inherente a una libertad finita. La libertad infinita de Dios le sirve para hacer libremente el bien. Nuestra libertad finita nos sirve unas veces para hacer libremente el bien y otras para hacer libremente el mal.

   Que el hombre asuma la responsabilidad de las consecuencias de su libertad no siempre es fácil, necesitando, en ocasiones, un alguien a quien derivar esa responsabilidad y, en no pocas de ellas, ese alguien es Dios, a quien se le acusa de, siendo Todopoderoso, no terminar con las tragedias humanas y con el mal de este mundo. No podemos olvidar que ese adagio popular de la libertad del hombre termina donde empieza la libertad del otro, también es atribuible a Dios; en caso contrario, no seríamos libres ya que la intromisión de Dios en el ámbito personal dejaría sin efecto nuestras propias decisiones y opciones. Que Dios no pueda entrar en este ámbito para remediar el mal causado es el precio que hemos de pagar por nuestra libertad, y hemos de reconocer que es un precio muy elevado.

   Podría ser interesante, llegados a este punto, recordar la distinción que hace San Agustín entre libre albedrío y libertad. Para el santo de Hipona el libre albedrío no es más que la capacidad del hombre para hacer lo que quiera; sin embargo, la libertad es aquella capacidad que tenemos para hacer nuestras opciones y tomar nuestras decisiones encaminados hacia el sumo bien. Desde este concepto de libertad descubrimos el gran don que los hombres hemos recibido cuando somos conscientes de que Dios cuenta con nosotros para transformar nuestra sociedad y nuestro mundo en un cielo nuevo yuna tierra nueva.
Dios nos da la posibilidad de asociarnos a su proyecto, a su designio de amor sobre el hombre y el mundo, a reconstruir desde lo caído y a enderezar lo torcido. Dios espera de nosotros una respuesta libre y responsable, una opción clara y un compromiso auténtico.

   En caso de no asumir esta responsabilidad no tenemos derecho a crear a nuestra imagen y semejanza un dios que sea chivo expiatorio de nuestras miserias. Eso no es más que apartar a Dios de nuestro ámbito vital. Cuando apartamos a Dios de nuestro lado, cuando matamos a Dios en nuestra vida, sólo nos queda nuestro ámbito, que ya no es vital porque hemos aniquilado al que es origen, medio y fin de toda vida. Es posible que sea ésta la razón por la que aquellos soldados que encontró Lucía Vetruse un día en su camino no repararan en la dignidad que Dios le había dado.

   Para terminar nuestra reflexión, queriendo responder a la famosa pregunta, que tantas veces queda sin respuesta, de dónde está Dios en medio de tanto drama humano, tal vez podamos recordar el famoso fragmento de El Exaltado, en La Gaya ciencia de Nietzsche: «¿No habéis oído hablar de aquel hombre exaltado que en pleno día encendió una linterna, fue corriendo a la plaza y se puso a gritar: ¡Ando buscando a Dios! ¡Ando buscando a Dios!? ¿Es que se ha perdido? —preguntó uno de los circunstantes—. ¿Es que se ha extraviado? —exclamó otro—. ¿Se habrá como cualquier criatura ocultado? ¿Es que nos tiene miedo? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado, acaso? Así gritaron todos, riendo a carcajadas. El exaltado los fulminó con la mirada, se precipitó entre ellos y gritó: Os preguntáis qué ha sido de Dios. Os lo voy a decir: ¡Lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos!».

   En la entrevista que le hicieron a la hija de Billy Graham en el Early Show, Jane Clayson le preguntó: ¿Cómo pudo Dios permitir que sucediera esto? (se refería a los ataques del 11 de septiembre).

   Anne Graham dio una respuesta sumamente profunda y llena de sabiduría. Dijo: Al igual que nosotros, creo que Dios está profundamente triste por este suceso, pero durante años hemos estado diciéndole a Dios que se salga de nuestras escuelas, que se salga de nuestro gobierno y que se salga de nuestras vidas; siendo el caballero que Él es, creo que se ha retirado tranquilamente. ¿Cómo podemos esperar que Dios nos dé Su bendición y Su protección cuando le hemos exigido que nos deje estar solos?