Sep 07
 
 
Caminos para el reencuentro
Jóvenes e Iglesia: más allá del divorcio

   La Iglesia, según el último informe llevado a cabo la Fundación Santa María sobre los jóvenes españoles, es la institución menos valorada por éstos. Está situada incluso por detrás de las grandes multinacionales. La cosa, ciertamente, no pinta nada bien para aquellos que a diario trabajamos en la Iglesia y pretendemos que ésta tenga un lugar cada vez más importante entre las nuevas generaciones.

   La Iglesia, según el último informe llevado a cabo la Fundación Santa María sobre los jóvenes españoles, es la institución menos valorada por éstos. Está situada incluso por detrás de las grandes multinacionales. La cosa, ciertamente, no pinta nada bien para aquellos que a diario trabajamos en la Iglesia y pretendemos que ésta tenga un lugar cada vez más importante entre las nuevas generaciones.

 
 

   Pero además, como las desgracias nunca vienen solas, si atendemos a los diferentes análisis sobre las causas de esta situación, observamos que ni tan siquiera los expertos se ponen de acuerdo. Resumiendo mucho podemos decir que se observan dos grandes tendencias que pretenden explicar la situación actual: la primera afirma que todo esto es consecuencia de los numerosos cambios socioculturales que hemos experimentado desde el último cuarto del siglo XX hasta hoy; la segunda, por el contrario, acusa a la propia Iglesia de ser la principal responsable de esta situación, afirmando que ésta no ha sabido adaptarse a las nuevas circunstancias. Ciertamente, a mi juicio, ambas tienen parte de razón, pero yo me inclino por pensar que el cambio sociocultural ha sido tan brutal que de poco hubiera servido el que la Iglesia hubiera actuado siguiendo un guión casi perfecto. No pretendo con esto justificar la falta de adaptación que a los tiempos actuales han tenido muchos de nuestros planes y estructuras pastorales. Ahora bien, no reconocer que hemos asistido en Europa a un proceso de cambio social, económico, cultural, político, tecnológico, etc., que ha hecho que lo religioso prácticamente haya desaparecido del universo de la mayoría de la gente sería un grave error. Hoy se dan una serie de factores que ciertamente dificultan que el hombre se pueda acercar a Dios. Sobre algunos de estos factores voy a tratar a continuación.

   Comenzaré recogiendo que hoy vivimos en una sociedad que se ha instalado en la superficialidad, donde, como decía Mafalda, lo urgente no deja tiempo para lo importante. No es que el hombre no se pregunte sobre el sentido de su vida, es que no tiene tiempo para preguntárselo. A esto hay que sumar el escepticismo y el relativismo que parecen invadirlo todo. Hoy no aceptamos que alguien tenga una explicación totalizante de la realidad en base a una serie de principios inamovibles. Hemos pasado de una cosmovisión global, que explicaba hasta el más mínimo acontecimiento de nuestra existencia, a vivir en la cultura del todo depende. Realidades que antes no se ponían en cuestión, como por ejemplo el respeto a la autoridad, el valor del sacrificio, el sentimiento patriótico, las diferentes ideologías políticas, las tradiciones populares, hoy se encuentran en solfa. Afirmamos que la verdad no existe, existe mi verdad y, junto a ésta, la tuya. Nos hemos instalado en lo provisional, en lo que a cada uno le funciona o le interesa. Más que a la negación de Dios y de la religión —propia de los tiempos de los filósofos de la sospecha— hoy asistimos al rechazo de toda pretensión religiosa —o de cualquier otro tipo— que dé una explicación global de la realidad. Los grandes ideales que en tiempos pasados movían el mundo prácticamente han desaparecido. Muchos piensan que no merece la pena entregarse por ninguna creencia o ideología. Las dos terribles guerras mundiales en este sentido hicieron un daño terrible. Actualmente hemos dejado de creer en el poder ilimitado de la diosa razón que pregonaba la Ilustración. Tampoco pensamos ya que el desarrollo científico y tecnológico, llevado a cabo sobre todo a partir de la Revolución Industrial, sea la solución a todos los males humanos. Los propios ideales políticos más revolucionarios se han extinguido ante la fuerza y la seducción del capital. Hemos pasado de vivir ilusionados con que podíamos construir un mundo mejor a pensar que este mundo no hay quien lo cambie. Hoy son muchos los que afirman que: «Dios ha muerto. Marx ha muerto. Y yo, últimamente, no me encuentro demasiado bien».

   Como ya hemos dicho en una situación de escepticismo generalizado como la actual se rechaza todo lo que huela a dogma o a definitivo. Si cada uno puede pensar y creer en lo que quiera, proponer una verdad como definitiva es normal que mueva a muchos a risa y a burla. No debemos extrañarnos al no ser comprendidos por nuestros contemporáneos cuando les hacemos planteamientos definitivos sobre cualquier aspecto de la vida. Hoy, más bien, se buscan los fundamentos de la existencia en lo que tenemos más a mano, sobre todo en la familia, los amigos y los medios de comunicación. Todo esto ha provocado lo que algunos autores definen como un nihilismo moderado que hace de la búsqueda desesperada del bienestar material el principal y único horizonte de sentido para muchas personas.

   El escepticismo y el relativismo actual se traducen, a su vez, en el orden moral en una ética indolora. No es que hoy no tengamos valores, sino que más bien no estamos dispuestos a sacrificarnos por ellos. Proponer, en estas circunstancias, un camino de compromiso y exigencia personal, como es el seguimiento de Jesús, resulta un lujo para una sociedad como la nuestra que difícilmente es capaz de comprometerse más allá de un periodo relativamente corto de tiempo. No nos debe extrañar, por tanto, que muchas de nuestras propuestas de vida asusten a la gente, especialmente, a los más jóvenes.

   Todo esto nos ha de llevar a afirmar, sin que sea ninguna barbaridad, que hoy existe un desajuste real entre mensaje cristiano y la cultura contemporánea que dificultan el encuentro entre Iglesia y juventud. Esto ya lo planteó Pablo VI en al año 1975 en su encíclica Evangelii nuntiandi cuando afirmaba que «la ruptura entre Evangelio y cultura es, sin duda alguna, el gran drama de nuestro tiempo» (n. 20). El cristianismo, al igual que el resto de religiones, se sustenta en cuatro pilares básicos: una serie de dogmas, unas normas morales, un conjunto de símbolos y, finalmente, una organización humana. Pues bien, estos cuatro elementos no acaban de casar con la cultura actual. Por un lado hoy se rechaza, como ya hemos explicado, todo aquello que tenga sabor a dogma, a absoluto, a inamovible. En la cultura del todo depende afirmar que hay una serie de verdades definitivas no es fácil de asimilar. Si acudimos al segundo aspecto, al ámbito de la moral, comprobamos que actualmente estamos predicando en el desierto. Una ética indolora, como la que hoy prima, no está dispuesta a asumir una serie de normas que comprometan de un modo tan radical nuestra existencia. Es más, una de las principales causas del rechazo a la religión por parte de los jóvenes es que perciben a ésta más como cumplimiento que como encuentro con la trascendencia, más como disciplina que como don, más como norma que como seguimiento en el Espíritu. En cuanto al terreno de los símbolos tenemos que afirmar, sin más, que Iglesia y jóvenes hablamos lenguajes diferentes. Mientras que en la sociedad actual los jóvenes hablan un lenguaje fundamentalmente audiovisual, muy condicionado por lo novedoso, lo espectacular y lo innovador, en el terreno de nuestras liturgias todo está perfectamente fijado. La tradición, permanente a lo largo de los siglos, ocupa en nuestros ritos el papel protagonista. En nuestras celebraciones el joven se encuentra completamente perdido, sin entender, en la mayoría de los casos, lo que allí se está haciendo debido al desajuste que se produce entre un lenguaje y otro. Descubrir que en lo cotidiano hay siempre algo nuevo no resulta fácil para un joven que vive en un mundo dónde se rechaza lo previamente establecido y dónde todo tiene que estar en continuo cambio exterior. Finalmente, en cuanto al ámbito organizativo observamos como hoy los jóvenes huyen por sistema de todo lo institucional, lo ven como algo antiguo, perteneciente al pasado y esto se refleja también en la vida de la Iglesia.

   Espero que estas breves pinceladas sobre algunos de los aspectos que dificultan al hombre de hoy la integración de su dimensión trascendente nos sirva, sobre todo, para reconocer que no somos tan culpables de la situación actual como algunos nos quieren hacer ver o como a veces nosotros mismos hemos pensado.

   La situación actual, más que para culpabilizarnos o culpar a otros, ha de servirnos para ponernos en marcha buscando una salida que nos permita afrontar los nuevos retos que se nos presentan. Entre estos retos hay que destacar sobre todo dos que, a mi juicio, son prioritarios e ineludibles. En primer lugar hemos de situarnos críticamente ante tanta crítica gratuita —valga la redundancia— como hoy se realiza. Ya basta de victimismos, de análisis y de autocríticas inmovilizadoras. «Ciertamente puede haber habido en los últimos años en ciertos grupos eclesiales un tipo de autocrítica sistemática, obsesiva y hasta masoquista, que además de no ser justa con la enorme aportación positiva de los creyentes a la sociedad, genera un efecto pesimista y desalentador en los agentes de pastoral, que constituye, de suyo, un obstáculo formidable para cualquier proyecto evangelizador»*. No somos perfectos —a Dios gracias— pero eso no implica que no podamos ni debamos sentirnos orgullosos de ser convocados por Dios a colaborar en su misión. Por favor, ya basta de machacarnos impunemente. El segundo reto consiste en buscar los mejores caminos que nos permitan —desde la Iglesia— llevar el mensaje del Evangelio a todos los hombres.

   El primer reto lo desarrollaremos el mes que viene en la siguiente reflexión. Sobre el segundo deciros que a mí me ha aportado bastante luz un libro titulado Jóvenes e Iglesia. Caminos para el reencuentro, de la editorial PPC donde se alumbran los posibles cambios que podemos llevar a cabo para ser instrumentos más eficaces en manos de Dios.


* José Joaquín Cerezo y Pedro José Gómez Serrano, Jóvenes e Iglesia. Caminos para el reencuentro, PPC, Boadilla del monte (Madrid), 2006, p123.