Nov 07
 
 
Una visión particular del cambio climático
Proyectemos juntos un futuro mejor

   A continuación os propongo la siguiente historia sobre como me imagino el futuro si seguimos tal cual estamos viviendo actualmente. Está narrada en primera persona por alguien que vive en el año 2150. Espero que este relato nos sirva a todos para reflexionar sobre el mundo que entre todos estamos construyendo.

   Hoy es día 25 de septiembre del año 2150. Aquellos que hace ciento cincuenta años nos asustaban con el famoso discurso del cambio climático no iban muy desencaminados. Actualmente se registra un ascenso general de la temperatura en todo el planeta. El Polo Norte prácticamente ha desaparecido y el Sur sigue el mismo camino. El nivel del mar se ha incrementado tanto que muchas ciudades de costa han desaparecido.

   Ahora bien, lo peor de todo no es lo del cambio climático. Lo más grave es que parece que los hombres hemos dejado de serlo, especialmente en los países que antiguamente se denominaban desarrollados. Parece que se ha producido un tipo de cambio climático que, más que a la naturaleza, nos ha afectado a las personas. La gente hoy vive prácticamente aislada, encerrada en pequeños guetos por miedo a relacionarse con los demás. Algunos incluso andan con mascarillas por la calle, no sólo para evitar respirar la contaminación o los virus que pueda haber en el ambiente, sino para no percibir, ni tan siquiera, el aliento de los otros. Nos hemos convertido en seres prácticamente insensibles que huyen del dolor ajeno.

 
   
 

   Este cambio climático que afecta a las personas se inició cuando comenzamos a creer que no necesitábamos de los demás para ser felices. Quisimos bastarnos a nosotros mismos. Preferimos tener las máximas comodidades posibles y huir por sistema de todo aquello que representara dolor o sufrimiento antes que preocuparnos y comprometernos con los demás. Así fue como acabamos poniendo la eutanasia obligatoria a los 110 años. Actualmente la gente podría vivir hasta los 130 años de media, pero como a partir de los 110 comenzamos a padecer todo tipo de enfermedades nos quitamos a los “viejos” de en medio. Nuestros políticos dicen que así ganamos todos en calidad de vida, pero yo me pregunto si lo que tenemos actualmente es calidad de vida o no.

   Esta extraña situación no nos agrada demasiado y por ello estamos continuamente queriendo escapar de ella fabricando cada uno nuestras respectivas pompas de cristal. Actualmente, por ejemplo, los jóvenes no quieren salir de fiesta, temen que les pueda pasar algo, ya que en los ambientes de marcha —dicen— hay de todo. Están prácticamente todo el día en internet; allí ven la televisión, hablan con los amigos, compran lo que les apetece, van al cine, etc. Se han convertido en islotes que desarrollan toda su vida delante de un monitor. Pero esto que ocurre entre los más jóvenes se ha generalizando y ya prácticamente toda la gente desarrolla su vida en el hiperespacio de redes que ha creado internet.

   Otra forma de escapar de la realidad son las drogas. Todos aquellos que profetizaron que llegaría el día en que las drogas desaparecerían se equivocaron o por lo menos ese día todavía no ha llegado. Hace tiempo conocí a un joven que me decía que estaba muy cerca de crear, junto con un conjunto de científicos, la mejor droga de la felicidad del mundo. Él afirma que las drogas pueden representar una buena salida a la situación actual de aislamiento en la que vivimos. Este tipo de droga te introduce en un mundo de ilusión donde la gente se quiere, donde las personas son capaces de preocuparse por el sufrimiento ajeno, donde eres capaz de sentirte querido e importante. Por un momento te dejas tocar, abrazas a otros, te preocupas por los que más lo necesitan. Lógicamente todo esto ocurre en la mente de quien toma esta droga, nada es real, todo es una simple alucinación. Todavía los efectos secundarios de este tipo de drogas son nefastos a medio y largo plazo, pero se está investigando para intentar que produzcan el menor daño posible al cuerpo.

   Esta nueva situación también está provocando que las relaciones interpersonales sean cada vez también más frías y distantes. Mi hermano, por ejemplo, se ha casado hace un par de meses con una chavala que vivía en nuestra misma calle pero que conoció por internet. Ellos han practicado desde que se conocieron un tipo de relación en la que no tienen contacto físico, es lo que actualmente se denomina como “relación sin tacto”. Desde que se casaron viven en un mismo piso pero con estancias totalmente independientes. Duermen incluso separados por miedo a intimar demasiado y a contagiarse con algún virus o enfermedad. No mantienen relaciones sexuales ya que en ellas —dicen— se intima demasiado y además los riesgos de contraer cualquier enfermedad se multiplican. Si hace un siglo alguien hubiera dicho que las parejas no iban a querer tocarse ni mantener relaciones sexuales lo hubieran tomado por loco, pero hoy se ve como lo más normal del mundo.

   Nuestras creencias religiosas también han cambiado mucho con respecto a las de nuestros antepasados. La gente ya no sabe quien fue Jesucristo, ni Mahoma, ni Buda, ni nada de nada. La gente ya no reza a un Dios común sino que más bien cada uno tiene el suyo propio. Sobre todo hoy tienen mucho éxito las artes adivinatorias, especialmente aquellas que se basan en la lectura de la posición de los astros. También la magia cuenta con numerosos adeptos. Muchas personas se pasan el día entero intentado hacer conjuros que influyan en los demás y en sus propias vidas.

   Lo religioso en principio no está mal visto pero siempre y cuando se quede en un conjunto de creencias privadas que no deriven en acciones o manifestaciones exteriores. Cada uno puede rezar en su propia casa pero lo que hoy no se ve bien es que esto implique luchar por los más necesitados o intentar cambiar algunas de las estructuras sociales injustas. Nuestros políticos son partidarios de lo que ellos definen como la virtud de la tolerancia. Se les llena la boca cuando utilizan esta palabra, pero la verdad es que han hecho de la tolerancia un simple mecanismo que les permite rechazar todas aquellas opiniones que son contrarias a sus propios dictados. No permiten que ningún planteamiento se imponga como definitivo sobre los demás, excepto el suyo. Su tolerancia es —valga la expresión— un tanto intolerante.

   Todo esto provoca que tanto los religiosos comprometidos con la denuncia social como todos aquellos que trabajan en las diferentes ONG’s sean considerados de la peor calaña que pueda existir. Se les acusa de todo tipo de males y de buscar desestabilizar la paz general. Los más antiguos y los libros de historia que no están controlados por el régimen político cuentan que hubo un tiempo en el que había un numeroso grupo de personas que, como voluntarios, prestaban su tiempo atendiendo las necesidades de los demás. Este tipo de organizaciones no gubernamentales prácticamente han desaparecido. La gente está tan preocupada por mantener su propia calidad de vida que no tiene tiempo para acercarse a quienes más lo necesitan. Seguimos teniendo pobres entre nosotros pero muchos no quieren ni saber que existen. Quienes todavía pertenecen a alguna ONG o grupo de caridad lo hacen prácticamente a escondidas por miedo a las represalias. Si alguien se entera que perteneces a una ONG o que simplemente te preocupas por el sufrimiento de otros, pasas a estar en el ojo del huracán de todas las críticas. Para quienes están estigmatizados con pertenecer a una de estas organizaciones les es prácticamente imposible encontrar un puesto de trabajo digno. Incluso circulan por el ciberespacio listas negras de gente que o bien pertenece o bien ha pertenecido a ellas.

   Los políticos también se han convertido en una especie sospechosa. Éstos, aunque no están tan desprestigiados como los religiosos comprometidos o los miembros de las ONG’s, no gozan de una muy alta estima entre los ciudadanos. Nadie se fía de ellos porque la gente afirma que sólo están en política por intereses personales. Esta situación ha llevado incluso a que muchas personas renuncien a su derecho al voto ya que dicen que todos los políticos son iguales, y que salga el partido que salga lo va a hacer igual de mal.

   A nivel internacional hace tiempo que ya no se habla de países del primer y tercer mundo. Los países del antiguo tercer mundo hace ya casi un siglo llevaron a cabo una serie de acuerdos multilaterales de paz y de colaboración que les ha permitido consolidarse como estados democráticos. Éstos han comenzado a aprovechar en su favor sus propios recursos naturales y su inteligencia y de este modo han creado zonas comerciales independientes, en las que son tan competitivos, productiva y económicamente, como el resto de países. Los antiguos países más pobres se han convertido, de este modo, en una seria amenaza comercial para el resto del mundo. Derivado de todo ello, han surgido una serie de conflictos internacionales que han hecho que haya estado a punto de estallar por dos veces la tercera guerra mundial. Se acabó eso de la libre competencia y de las famosas leyes del mercado. Todo eso fue posible cuando los países más competitivos eran los del antiguo primer mundo. Cada vez más la globalización se ha convertido en algo del pasado. Hoy se prefiere hablar de regionalización.

   En el nivel de la técnica y la ciencia hemos experimentado en los últimos años un increíble desarrollo que nos ha permitido que ahora vivamos más cómodamente pero a la vez también más aislados unos de otros. Tenemos mejores medios de transportes, casas inteligentes, ordenadores basados en inteligencias artificiales e incluso compañías de viajes que ofrecen la posibilidad de viajar a la luna por un módico precio. Todo un mundo de adelantos que, sin embargo, no han conseguido que mejoren nuestras relaciones humanas y que nos sintamos más felices.

   También disfrutamos ahora de numerosos avances médicos que permiten superar muchas enfermedades que antes eran incurables. Ahora bien, en los últimos años ha habido una serie virus que antaño eran inofensivos pero que han mutado de un modo inesperado y se han convertido en auténtico peligro. Ya hemos tenido varios casos de epidemias con resultados realmente catastróficos. Recuerdo, por ejemplo, la que hace un par de décadas acabó con más de 15 millones de personas en Sudamérica. Todo comenzó cuando un virus que afectaba sólo a los gatos mutó de tal modo que empezó a contagiarse también entre los humanos sin que se hubieran desarrollado todavía los medios apropiados para combatirlo. Esta realidad nos hace vivir en una gran inseguridad porque, por mucho que avance la ciencia y la medicina, todavía hay aspectos que no acabamos de controlar del todo.

   Con respecto a la propia percepción que las personas tenemos de nosotros mismos podemos decir que, en general y a pesar de todo, nos vemos como gente buena. Esto se manifiesta cuando afirmamos, por ejemplo, que no cometemos más fallos de los normales o que no hacemos nada malo. No obstante, aunque nos vemos como gente buena no terminamos, sin embargo, de estar a gusto con nosotros mismos. Se han disparado en los últimos tiempos los casos de depresión y los suicidios. Son muchos los que hoy reconocen que la existencia no tiene más sentido que el simple pasar de las horas. Quizás la causa de esta falta de sentido esté en el individualismo en el que vivimos y al que antes hacíamos referencia. Nos hemos centrado tanto en nosotros mismos adorando al dios “yo” que nos vemos como seres perfectos. En lugar de reconocer nuestras propias limitaciones pidiendo perdón cuando metemos la pata, nos hemos acostumbrado a acusar a los demás, a nuestra propia historia personal o al mismísimo Estado, si hiciera falta, de nuestros errores. Hemos levantando auténticos muros de aislamiento entre nuestro “yo” y el resto del mundo.

   Como resumen podemos decir que seguimos sin tener respuestas definitivas a todo cuanto vivimos. Sentimos que nos falta algo pero no sabemos qué es. La mayoría de la gente prefiere encerrarse en su mundo virtual e incluso recurrir a las antes citadas drogas de la felicidad para tomar un respiro que les permita seguir viviendo. Una minoría de personas ha optado, como decíamos antes, por preocuparse de los demás. Entre estos grupos y ONG’s ha surgido uno que se caracteriza por reunirse en pequeñas comunidades donde lo comparten todo, son capaces de abrazarse sin miedo a contagiarse ninguna enfermedad, muestran sus sentimientos y comparten la vida con los demás, preocupándose en especial por los más pobres y necesitados. Se denominan a sí mismos los nuevos cristianos y dicen que Dios es un Padre bueno que se preocupa de sus hijos.

   Nuestro mundo está necesitado de luz y de vida. A lo mejor los que están más cerca de encontrar las respuestas acertadas son esos grupos insurgentes que defienden que el hombre no necesita tanto bienestar para ser feliz sino que la verdadera felicidad está en salir de uno mismo para preocuparse por los demás. Este tipo de gente parece no temer perder su status y sus comodidades. Incluso están dispuestos a contagiarse de todo tipo de virus que andan sueltos por ahí y que algunos dicen que tienen sobre todo los más pobres. Estas personas no tienen miedo a morir y además afirman que eso de que los pobres tengan virus contagiosos es una absurda patraña que han difundido los más ricos y poderosos para justificar su pasividad ante ellos.

   No sé si estamos caminando hacia la plenitud o estamos cada vez peor. A mí me parece que este cambio climático nos está afectando más negativa que positivamente. Necesitamos una transformación que nos permita vivir más felices, con mayor alegría, confianza y generosidad, pero realmente no sabemos muy bien cómo llevarla a cabo.


   Bueno aquí acaba esta historia que podría continuar todo lo que quisiéramos. Lógicamente esto no deja de ser un relato de ciencia ficción pero que puede contener mucho de realidad si no cambiamos el rumbo que actualmente hemos marcado. Creo que deberíamos plantearnos el futuro con más seriedad, considerando las consecuencias que se derivan de cuanto hoy estamos haciendo. Estamos tan preocupados por el presente que nos olvidamos de proyectar el futuro. Sin lugar a dudas, mañana recogeremos lo que hoy sembremos; si hoy estamos sembrando egoísmo, indiferencia, falta de exigencia personal y social, búsqueda exclusiva de bienestar material, disfrute y gozo a toda costa, no esperemos el día de mañana recoger generosidad, gente comprometida con los demás, amistad, calor, amor, felicidad y paz. Ni las personas ni la propia sociedad somos melones que salimos buenos o malos en función de la suerte que tengamos.

   Creo que hoy estamos demasiado encerrados en nosotros mismos, en nuestros deseos externos, y nos hemos olvidado de vivir desde lo auténtico. Valores como la generosidad, la solidaridad, el esfuerzo personal, la entrega generosa, la amistad verdadera, la responsabilidad con nosotros mismos y con los demás, parecen haber desaparecido del mapa. Hoy prima el “yo”, pero no el “yo” auténtico, sino el “yo” del capricho, de lo externo, de lo apetecible, de lo efímero. Si construimos el futuro sobre arena, es decir, sobre un “yo” frágil de este tipo puede ocurrirnos algo parecido a lo que contábamos en la historia anterior. Sin unos buenos cimientos cuando vengan los azotes de la vida nos quedaremos en la más terrible intemperie existencial. Por ello, edifiquemos sobre la roca y seamos valientes, sobre todo, para cultivar la interioridad; ya que quien es capaz de adentrarse en su interior pronto descubre que hay un Dios que le habita y que le está diciendo constantemente que le ama, y sólo quien tenga esta experiencia estará realmente preparado para edificar un futuro lleno de sentido, de amor, de fraternidad y de paz, donde los hombres sean realmente hombres y no simples caricaturas.