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En estos días nos daremos multitud de regalos, muchos de los cuales jamás utilizaremos o que, simplemente, quedarán apalancados en un rincón. Por supuesto, en este tiempo tampoco faltarán las grandes comilonas a base de los mejores productos que nos podamos permitir. Asimismo, muchos saldrán por la noche hasta altas horas de la madrugada, regresando a casa con exultantes efluvios sobre la grandeza de la amistad, es decir, borrachos. Otros se irán a esquiar a Vaquería Beret, a Sierra Nevada o cualquier otra estación de esquí.
A mí, particularmente, todo esto me gustaba mucho, y me lo pasaba muy bien programando la cantidad de cosas que iba a hacer durante las navidades. Pero este año todo es distinto. Ahora contemplo las navidades de otra manera. El tiempo que pasé al lado de la cama de Miguel ha cambiado mi visión sobre muchos aspectos de la vida y también sobre la Navidad. No es que ahora sea del ejército anti-navideño. Lo único es que me da la sensación de que hemos hecho de las navidades un cuento de hadas que desaparecen cuando sale el sol. Nos hemos quedado con el envoltorio y hemos tirado el regalo al contenedor. Debido al empacho de polvorones, videoconsolas, aparatos electrónicos, complementos múltiples, etc., hemos perdido la capacidad para asombrarnos con lo verdaderamente importante y hermoso.
Para mí la Navidad tiene algo más, algo que le da su verdadero sentido y son las pequeñas cosas. Sí, esas cosas que no cuestan dinero, que no se pueden comprar en ninguna tienda porque su precio es infinito. Me refiero a los gestos de cariño que nos permitimos tener estos días, el tomar conciencia de que somos importantes para un pequeño puñado de personas, el compartir la alegría por estar todos juntos un año más.
Pero, ¿qué pasa con toda esa gente que no tiene nada de esto, con todos aquellos que en estos días se sentirán tristes, que estarán enfermos, que han perdido a un ser querido recientemente; aquellos que en lugar de compartir una buena comida tendrán que salir a buscar un cartón para refugiarse del frío? Para ellos también es Navidad, pero en cambio no lo viven ni lo sienten así.
Incluso para mucha gente las navidades han perdido su sentido religioso, e incluso el tradicional sentido familiar, haciéndose insoportable el aguantar al típico cuñado de turno que se pone a contar todos los años la misma historia, o a la suegra que no deja de agobiar preguntándonos cuándo vamos a hacer esto o aquello.
Pero siempre y en todo momento, tanto para los que lo están pasando mal, como para aquellos que no les importa mucho la Navidad, los pequeños detalles les pueden hacer vivir una experiencia nueva. ¿Hemos perdido la capacidad para asombrarnos, la capacidad de alegrarnos con los pequeños detalles? Creo que, como decía antes, tanto el materialismo de estas fechas como las falsas expectativas sobre la Navidad han hecho que hayamos perdido un poco el fondo de la cuestión.
Yo soy cristiano, y a mí particularmente me ayudó mucho el compartir con Dios los momentos difíciles al lado de Miguel, esos sentimientos encontrados que me embargaban al contemplar el dolor de un amigo tan de cerca. Y precisamente en esta situación fueron los pequeños detalles, como el ver llorar a unos padres por amor, el mutuo apoyo que fuimos capaces de darnos y creo que hasta de transmitirle a Miguel aun cuando ni tan siquiera nos podía escuchar, lo que me permitió resistir e incluso ver a Dios acompañándonos. Pude comprobar de primera mano eso que tantas veces había escuchado que en las situaciones más difíciles es precisamente donde sacamos lo mejor de nosotros mismos.
No es que esté deseando pasar por una situación similar, pero ciertamente ahora ya no le tengo miedo, porque sé que la verdadera felicidad no está en el exterior sino en el modo en como uno afronta la vida. Si soy capaz de mirar la vida de frente, sin agachar la cabeza ante el dolor, si confío en Dios creyendo que Él no quiere el mal para nosotros sino que experimento que Él siempre nos acompaña, puedo estar en paz incluso en medio del mayor sufrimiento. Esto ha sido para mí una experiencia maravillosa, que desearía que tantos otros la pudiesen vivir, aunque sé que es personal e intransferible. No obstante, también sé que no soy el único que ha vivido algo así, sino que hay muchas personas han pasado por algo parecido sacando lo mejor de sí mismas en medio de grandes dificultades.
A partir de ahora ¿cómo preocuparme por las idioteces por las que muchas veces me he preocupado como enfadarme porque me han regalado una cosa y yo quería otra, o porque creo que nadie me echa cuenta, o porque nos hemos reunido este año en tal casa y no en la otra…; si precisamente tengo el don más grande que nadie pueda desear: una vida para llenarla de sentido?
Estas navidades quiero vivirlas desde aquí, observando esos pequeños detalles que normalmente pasan desapercibidos como el valorar: la sonrisa que tenían los niños enfermos del hospital cuando Miguel disfrazado de Papa Noel les daba su regalo de Navidad; o el saludo del vecino del cuarto que como siempre esta mañana me ha dado los buenos días e incluso me ha felicitado las navidades; o lo limpio y ordenado que ha dejado nuevamente la limpiadora el portal después de lo sucio que quedó en Nochebuena; o la llamada de mi amigo Javier felicitándome las navidades; o el cordero tan rico que nos ha preparado mi madre; o el ver como se le cae la baba a mi padre con los nietos; o el partido de navidad que hemos jugado los amigos…
Como veis son muchas las cosas que nos pueden hacer gozar, y por eso yo también quiero que los demás puedan alegrarse de esos pequeños detalles intentando que todas las personas que están a mi alrededor puedan sentir que son importantes: dedicándoles tiempo para que se sientan escuchadas, estando atentos a sus necesidades, saliendo con ellos al cine, yendo a visitarlos, compartiendo sus inquietudes… Porque la vida tiene sentido en la medida en que estamos atentos a los pequeños detalles cotidianos como pueden ser una simple llamada de teléfono, ofrecerse para sacar la basura, hacer la cama, recoger la ropa, ayudar a poner la mesa, sonreír aunque uno por dentro no tenga ganas, abrazar con fuerza a un amigo que lo necesita, salir a hacer los recados aunque haga mucho frío, mandar un Christmas a todos los amigos…
En definitiva, tenemos muchos motivos todos los días para darle gracias a Dios y para hacer que los demás también lo hagan. Yo ahora, particularmente también tengo un gran motivo para darle gracias a Dios y es que Miguel está con nosotros estas navidades. Pero, aunque no lo estuviera, no por ello podría dejar de reconocer que la vida es un puro don que no puedo desaprovechar.
Ahora puedo entender mejor el misterio que celebramos estos días los cristianos: Dios se ha hecho hombre, más aún, se ha hecho Niño. Y me pregunto, ¿qué puede llenar el corazón de más ternura, ilusión y amor que un simple niño recién nacido? Dios se hace presente en los pequeños detalles, en las cosas que para muchos pasan desapercibidas. Por ello no esperemos encontrar a Dios ni en las comilonas, ni en las videoconsolas, ni en los múltiples regalos; Él está presente en lo pequeño porque así lo ha querido para que ni el enfermo, ni el que sufre, ni el pobre, ni nadie se pueda quedar sin Navidad, para que nadie se pueda quedar sin su Amor. |
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