Ene 08
 
 
El seductor poder de la violencia
Cuando el camino fácil se convierte en una trampa mortal

Una experiencia cotidiana

  Cuando acaba un partido de fútbol y cogemos nuestros coches para regresar a casa, todos, generalmente, queremos salir los primeros sin darnos cuenta de que es sencillamente imposible. Muchos se convierten en auténticos peligros al volante realizando maniobras enrevesadas que no tienen en cuenta al resto de conductores. Los que están situados en la izquierda quieren ir hacia a la derecha, los de la derecha quieren hacer lo contrario, otros se despistan hablando con el de al lado, otros tienen prisa, y así un sinfín de situaciones que convierten nuestros vehículos en una caja de sorpresas.

   En estas aglomeraciones de vehículos a menudo se producen algunos rozones o accidentes. Y como consecuencia de los choques entre vehículos se producen también “choques” entre personas que a su vez pueden derivar en agresiones cuando menos de tipo verbal.
 
   
 

   Precisamente el domingo pasado al salir del fútbol pudimos vivir en directo un “choque” entre coches que casi termina en una pelea entre dos hombres “hechos y derechos”. Por suerte, y al menos hasta lo que nosotros nos fuimos, tan sólo hubo algunos insultos y un pequeño forcejeo, pero dado el extremo grado de irritación de uno de los implicados aquello pudo acabar de cualquier manera.

La violencia como camino

   Experiencias como la aquí narrada son, por desgracia, bastante comunes y en mayor o en menor medida nos han afectado, nos afectan y nos afectarán prácticamente a todos. Igualmente hoy la violencia está muy presente en los medios de comunicación tanto por la cantidad de películas y videojuegos que incluso hacen apología de la misma, como por el elevado número de noticias que vemos y escuchamos relacionadas con los diferentes tipos de violencia.

   Sin entrar en una detallada valoración moral de la violencia sí diremos con contundencia que cualquier tipo de violencia es absolutamente execrable. La violencia es un comportamiento deliberado que causa daños físicos, psicológicos o emocionales a otros seres humanos, o más comúnmente a animales o cosas —vandalismo—.

   Ahora bien, si hoy tenemos tan claro que la violencia es repudiable, ¿por qué sigue existiendo?; ¿por qué en una sociedad que se define a sí misma como avanzada y democrática hay todavía personas e instituciones que hacen uso de la misma? ¿por qué participamos todos en mayor o menor medida de expresiones —algunas muy disimuladas— de violencia?

   La violencia es una terrible plaga que afecta de una manera u otra a todas las clases sociales. Entre sus causas podemos destacar la falta de autoestima, el maltrato, la pérdida del sentido de la autoridad, un ambiente violento, el alcohol, las drogas, la pertenencia a un grupo que la utilice como medio para conseguir sus fines, un desorden psíquico, la rabia mal encauzada, el ansia de venganza, el estrés mal controlado, el sentimiento de inferioridad, una sociedad permisiva, etc.

   Pero, si bien las causas son múltiples, podemos afirmar que hay una especie de denominador común, es decir, una serie de características que están presentes en alguna medida en cualquier tipo de violencia. Dichas características son que o bien la violencia representa un medio rápido para conseguir un determinado objetivo o bien es utilizada como recurso último y desesperado —aquí no nos referimos a la legítima defensa sino a un comportamiento deliberado—. Cuando es contemplada como la única salida hemos de poner en duda su legitimidad, ya que nunca el fin puede justificar los medios. Aunque a veces la violencia se puede antojar como la solución, ésta no es solución para nada, ya que a la larga tan sólo empeorará las cosas. No olvidemos que la violencia engendra siempre más violencia.

   El otro componente de la violencia es aquel que hace de ésta un medio para conseguir algo rápidamente. Esta característica hace que a veces la violencia pueda quedar revestida de un cierto atractivo, de un poder de seducción que no podemos ni debemos subestimar. Esto es especialmente constatable en la sensación de poder que produce en aquella persona que mediante su uso puede llegar a alcanzar sus objetivos. Es ésta la eterna historia de las conquistas y guerras entre pueblos, donde quien posee una mayor fuerza dominadora, normalmente, la utiliza para imponerse sobre el más débil, doblegándolo e incluso aniquilándolo.

   Hoy, sin irnos muy lejos, en nuestro propio país tenemos un claro ejemplo del uso de la violencia para conseguir ciertos fines políticos y sociales. Nos referimos al fenómeno del terrorismo que no sólo vulnera gravemente el derecho a la vida sino que es muestra de la más dura intolerancia y totalitarismo. Los terroristas pretenden mediante el uso de la extorsión, la amenaza, el robo, el chantaje, el secuestro, y cualquier otro tipo de práctica violenta, imponer sus convicciones al resto de la sociedad.

   También podemos observar como surgen nuevos tipos de violencia que pueden llegar a producir placer entre los más jóvenes. Así, se ha convertido en la última moda el grabar y visualizar vídeos violentos con teléfonos móviles. El primer paso es bajarse vídeos de esta índole desde Internet, después se visualizan y finalmente se graban imitándolos. Los adolescentes graban peleas entre sus compañeros de instituto, agresiones a mendigos, autolesiones o cualquier tipo de incidente violento que pueda ocurrir en su grupo de amigos.

   Además de las mencionadas existen otras numerosas manifestaciones de violencia como el racismo que practican ciertos grupos de ideología nazi como los Skins, la violencia doméstica, el acoso escolar, el acoso en el trabajo, los abusos sexuales, las mafias extorsionadoras, etc. Éstas y otras prácticas forman el extenso tapiz en el que se desarrolla la violencia.

La violencia entre los más jóvenes

   Pero entrando a tratar más en concreto el tema de la violencia entre los jóvenes —que es el que más nos interesa— vemos que esta tiene matices que merece la pena resaltar y tratar detenidamente.

   A menudo en el ámbito juvenil quien transgrede la norma se siente importante y admirado por sus amigos. Y el acto mismo resulta estimulante: sabe el niño o joven que sus padres no lo aprobarán, pero eso sólo añade un poco de emoción. Lo que importa es la aprobación de los amigos, esa es la recompensa y merece la pena asumir el riesgo del castigo.

   Los casos leves de vandalismo y violencia forman parte del desarrollo normal de niños y jóvenes, provienen de su necesidad de sentirse independiente, rebelde, o parte de un grupo, el de sus amigos. Entendámoslo: los sentimientos que impulsan estos actos incívicos son universales. Los niños buscan identificarse como individuos y reafirmarse como miembros de un grupo. En otras ocasiones, buscan desquitarse de acciones que consideran injustas, protagonizadas por las figuras de autoridad: padres, profesores, policía… Una de las vividas como más injusta es la que convierte al niño o joven en “invisible”, es decir,  todo aquello que éstos interpretan como que no se les tiene en cuenta o que no se les reconocen sus logros.

   Por ello, es precisamente en este tipo de actuaciones donde tenemos que saber reaccionar con inteligencia, interpretando y discerniendo acertadamente qué se esconde detrás de cada actitud violenta. Así, en el caso de que nos sintamos desbordados por las circunstancias deberíamos saber pedir ayuda, sobre todo en aquellos casos en los que la práctica violenta se haya convertido en algo habitual, dejando de ser una simple expresión de la rebeldía juvenil.

   Especial interés manifiestan aquellos casos en los que la violencia se convierte en signo de identidad de un determinado grupo al que podemos pertenecer. Decir no al ejercicio de la violencia en estos casos puede ser una tarea muy difícil, ya que incluso pueden haber amenazas para quien pretenda abandonar el grupo, pero no es imposible. En estos casos se requiere un valor y un coraje ejemplares que ayuden a la persona a emprender una vida nueva lejos de las antiguas prácticas. Aquí, es especialmente importante encontrar personas que nos pueden ayudar a romper con el grupo y rehacer nuestra vida.

   Pero ¿qué hacer cuando soy yo quien sufre las consecuencias del ejercicio de la violencia? La denuncia en estos casos, a pesar del miedo a la reacción del violento, es la medida más recomendable aunque no siempre estamos convencidos de ello. Por eso, debemos ser valientes para denunciar a quien hace uso de la violencia, acudiendo a aquellas instituciones y personas que nos puedan ayudar. La violencia no puede estar justificada ni por nada ni por nadie, es siempre un acto que degrada a la persona humana, especialmente a quien la ejerce.

Claves para luchar contra la violencia con niños y jóvenes

   Tanto la familia, la escuela, la parroquia, las autoridades y la sociedad misma, deben abordar el tema con la seriedad y responsabilidad que requiere. Por ello es necesario tomar medidas desde la más tierna infancia educando, ya desde entonces, para la socialización mediante la cooperación, el juicio intelectual —conductas reflexivas— y la educación para la frustración. Este último aspecto es especialmente importante en nuestra sociedad occidental. Así, desde que un niño tiene 2 ó 3 años debe sentir y saber que hay pautas a su alrededor, que no es posible cumplir todos sus caprichos y que incluso algunas necesidades tendrán que esperar un tiempo para ser satisfechas. Asimismo, no deben tolerar y aplaudirse la burla o la falta de respeto al diferente —otras razas, físicos peculiares o muy poco agraciados; tímidos, con gafas o prótesis, “empollones”, mal vestidos…—.

   Dado que deben cultivarse en la familia y en la escuela valores socializantes —basados en compartir, el respeto a la diversidad de las personas y el aplazamiento en la satisfacción de necesidades y deseos de niños y jóvenes— resulta imprescindible que la escuela cuente con el apoyo incondicional de los padres, cuya primera actitud será no desautorizar a los profesores delante de los hijos por mucho que no se compartan algunas de sus decisiones o estilos pedagógicos. Nadie aprobaría, y menos aún asumiría, un sistema de valores propuesto por una entidad desprestigiada y sin credibilidad. Asimismo a los docentes les convendría contar con el apoyo institucional necesario para que sus decisiones ante las actitudes antisociales fueran respaldadas por los padres y por la autoridad educativa.

   Algunas claves con las que familia, escuela y parroquia pueden trabajar con niños y jóvenes son:

  • La responsabilidad personal. Es una cualidad a potenciar, y supone que cada uno responde enteramente de sus actos, sin excusas. No se admite como pretexto la recurrente frase de “ellos tuvieron la culpa”.
  • Las relaciones sociales. Se trata de desarrollar en los jóvenes aquellas habilidades sociales que les faciliten resolver sus problemas de manera más efectiva, sin recurrir a la violencia. Este desarrollo de la competencia individual permitirá a los adolescentes adaptarse y protegerse de ambientes posibilitadores de la violencia respondiendo con otros tipos de relación más pro-sociales y constructivos.
  • Programas de educación emocional. En la misma línea que la estrategia anterior, el desarrollo en los jóvenes de la inteligencia emocional, se hace cada día más necesario. Se trata de abordar con ellos temas relacionados con el estrés y cómo enfrentarse a él; practicar técnicas de relajación, entrenamiento asertivo a fin de hacer frente a la presión de los compañeros; reconocimiento de emociones y control de éstas que faciliten su adecuada expresión; desarrollo del autoconcepto y autoestima, enseñándoles a generar expectativas positivas sobre sí mismos y a efectuar atribuciones causales positivas a través de un diálogo interno autónomo e independiente. También, se hace urgente cultivar en los jóvenes aquellas habilidades indispensables para el trabajo en equipo como el respeto por el otro, la tolerancia, la valoración de la diversidad y el saber escuchar de forma empática. Establecer relaciones grupales basadas en la solidaridad y no en la competencia que empujan a la agresión de unos contra otros por el deseo de ganar, de ser siempre el primero, de ser el mejor. En cambio, sí habrá que enseñar a competir con uno mismo para ser mejor cada día, y ayudar al otro a serlo con uno, pero jamás a costa de él.
  • Las normas hay que respetarlas. Éstas deben asumirse como un necesario acotamiento de la libertad individual y como medio para que vivir en la verdad. Además las normas han de ser conocidas, compartidas y respetadas por todos los miembros de la sociedad: familia, escuela, parroquia, amigos, etc.
  • La comunicación. Basada en la expresión personal y en la escucha, frena la aparición de las actitudes violentas. Saber comunicarse les ayuda a expresarse, a que se les entienda, y mejora su autoestima. Quien sabe comunicar lo que siente es difícil que recurra a opciones violentas para reivindicarse, darse a conocer o manifestar su rechazo ante cualquier situación.

Conclusión

   Me gustaría terminar recordando que no estamos ante un tema baladí o sin importancia, sino que nos enfrentamos todos al reto de ser constructores de paz, desde los más jóvenes hasta los más mayores. En un tema tan complejo como éste no existen soluciones mágicas, sino que más bien cada uno tendrá que examinarse interiormente para determinar en que medida está siendo cauce de paz o por el contrario está provocando división y conflicto. Esto es algo que podemos hacer todos, pero para ello primero hemos de convencernos de que es posible vivir de otra manera y luego dejarnos seducir por el poder del amor y del perdón, en lugar de por el falso espejismo de la violencia. Una vez haya florecido en nuestro interior el amor y la misericordia ya nada ni nadie podrá quitarnos la paz y de este modo nos convertiremos en portadores de la misma.

   Cuando Jesús contempla antes de su Pasión la ciudad de Jerusalén llora por ella diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz!» Ojalá que nosotros si conozcamos siempre el mensaje de la paz, del amor y de la misericordia para que la luz de Dios pueda resplandecer en todos los corazones.