| |
Pero, me vuelve a asaltar nuevamente la misma duda: ¿cómo puede dejar alguien de ser uno mismo si uno no puede ser más que lo que es? Es como si un limón de repente quisiera ser una naranja. Parece un poco absurdo imaginarse a un limón queriendo ser una naranja, ¿verdad? No obstante, las personas no somos limones, más bien somos una realidad un tanto más compleja. Y es que a veces —por lo menos a mí me pasa— nos sentimos que no somos nosotros mismos. No digo que no seamos, sino que no nos sentimos nosotros mismos. Es un sentimiento, algo que nos sobrecoge, es la sensación de estar fuera de nosotros, desubicados de lo que sentimos que somos y pensamos que estamos llamados a ser. Creo que ésta es una experiencia más o menos compartida. Y es que esto de ser uno mismo no es tan fácil como nos lo pinta la publicidad.
También, durante mucho tiempo he intentado ser yo mismo haciendo lo que me apetecía en cada momento sin preocuparme mucho de lo que pensasen los demás o de las consecuencias que sobre la vida de otros esto tuviera. Pero, también, por propia experiencia, he comprobado que al final te sientes mal contigo mismo, te ves egoísta, sin fuerzas para alcanzar las metas que te propones, sin constancia, siempre al socaire de las emociones. Ésta ha resultado ser una salida en falso en mi camino hacia mi auténtico ser.
Entonces ¿cómo puedo sentirme yo mismo? Ahora he dicho conscientemente sentirme yo mismo, porque sigo afirmando rotundamente que uno no puede dejar nunca de ser uno mismo. Es como una terrible condena que todos estamos obligados a cumplir: estamos obligados a ser nosotros mismos. Tratar de eludir esto es lo mismo que tratar de correr de nuestra propia sombra. Ahora, entiendo un poco mejor lo que Dios le ofrecía a Adán y Eva en el paraíso. Y algunos os preguntaréis: ¿qué tiene que ver esto de ser uno mismo con Adán y Eva? Pues bien a continuación espero ser capaz de explicarlo.
Adán y Eva vivían en un entorno perfecto: en el paraíso. Para que nos hagamos una idea de lo que Adán y Eva disfrutaban nos podemos imaginar a Dios dándonos a cada uno de nosotros una casa sin hipoteca con la escritura puesta a nuestro nombre, un buen sueldo fijo al mes, una buena compañía y lo que es más importante su amistad. Adán y Eva podemos decir que lo tenían todo, no les faltaba de nada. Y nos podemos preguntar: ¿Y todo esto a cambio de qué? Pues bien, Dios tan sólo les había hecho una prohibición: no podían comer del árbol del conocimiento del bien y del mal que estaba en medio del huerto. Todo a cambio de una sola prohibición; todo a cambio de respetar una sola norma. La verdad, es que el negocio era redondo. Pero como siempre lo prohibido acabó siendo transgredido. Una vez más se cumple aquello de que basta que nos digan que no podemos hacer una determinada cosa para que nos entren ganas de hacerla. Y eso fue precisamente lo que ocurrió. La seducción de una simple criatura, la serpiente, hizo que Adán y Eva desobedecieran a Dios y perdieran así todos sus beneficios.
Algunos pueden pensar que Dios fue un poco injusto con Eva y Adán ya que si bien habían metido la pata, equivocarse es de humanos. Hay un refrán que hace alusión precisamente a esto: quien tiene boca se equivoca. Pero aquí la cuestión no es si Dios les perdona o no su error. ¿Cómo no iba Dios a perdonar a sus criaturas más queridas? Además, parece un poco extraño que Alguien que había sido tan bueno con ellos se volviera de repente despiadado y cruel. Más bien, se trataba de un camino que habían emprendido Adán y Eva y que no podían desandar. No es que Dios se hubiera enfadado con Adán y Eva, sino que ellos lo habían hecho con Dios. Habían elegido obrar conforme a lo que no eran. Recordemos que la serpiente les dice a Eva y Adán: seréis como Dios, conocedores del bien y del mal.
En definitiva, no sé si he explicado algo, o lo he liado todavía un poco más. A lo que me quería referir es que Adán y Eva optaron por querer ser lo que no eran, y eso les produjo que perdieran todo lo que tenían. De este modo, igualmente nosotros, cuando queremos ser aquello que no somos lo perdemos todo porque nos perdemos a nosotros mismos. Si no sabes quién eres está de más haber ganado el mundo entero; de algún modo ya nada importa. Es como si hubiéramos sufrido una amnesia total y no recordáramos nada sobre nuestro pasado, no supiéramos ni tan siquiera quienes somos, donde nacimos, quienes son nuestros padres o que hacemos en este mundo. En el fondo así es como nos sentimos cuando no actuamos conforme a lo que verdaderamente estamos llamados a ser.
Tomo conciencia ahora de lo vital que es en la vida actuar teniendo en cuenta lo que uno realmente es. Se trata de responder con la vida a la cuestión crucial que la antropología plantea: ¿qué o quién es el hombre? O a la cuestión que planteábamos al comienzo de esta reflexión: ¿cómo ser uno mismo? En función de lo que cada uno entienda por hombre, o de otro modo, por ser uno mismo, desarrollará toda su vida y en este desarrollo pueden ocurrir fundamentalmente dos cosas: o bien acertamos y de este modo vamos caminando poco a poco hacia nuestra plenitud; o, por el contrario, nos confundimos, erramos —lo de Adán y Eva— y nos pasamos toda la vida persiguiendo tan sólo una pobre caricatura de nuestro auténtico ser. “Ser o no ser: esa es la cuestión” como nos recordaba Shakespeare en su famosa obra Hamlet es la materia que aquí estamos planteando.
Como puedes ver éste es un juego no apto para cardiacos, pero al que, en cambio, a menudo no prestamos ni el más mínimo interés. Somos capaces de preocuparnos por cien mil tonterías antes de pararnos a descubrir quienes somos realmente. ¿No te parece algo curioso?
Creo que la razón por la que no acabamos de prestar la debida atención a una cuestión tan importante es que a todos nos da un poco de pánico eso de ser nosotros mismos. Y la razón por la que nos asusta tanto —al menos en mi opinión— es porque en el fondo tenemos miedo a ser libres, es decir, a que no haya ninguna persona a la que acusar por no haber respondido a la llamada crucial que nos hace la vida. Creo que sufrimos un terrible pánico a la libertad. A lo mejor no estás de acuerdo conmigo, sobre todo teniendo en cuenta que en una sociedad democrática como la nuestra, donde cada vez se respetan más los derechos de todos, donde vamos ganando en libertades de todo tipo, parece un insulto reconocer que seguimos teniendo miedo a la libertad. Y es que si realmente somos libres, no sólo para hacer lo que nos da la gana sino para responder responsablemente sobre nuestra propia vida, entonces todo cambia. Aquí muchos prefieren decir que ellos no tienen que responder ante nadie, pero a mi juicio se equivocan porque aunque no creamos ni en Dios, ni en el Estado de Derecho, ni en ninguna otra cosa, siempre tendremos que responder ante nosotros mismos, cuando menos por no haber aprovechado la oportunidad de vivir conforme a lo que somos, por no haber aprovechado la oportunidad de ser verdaderamente felices.
Permíteme un último punto. Déjame expresarte mi propia experiencia personal. Con ella no pretendo sentar cátedra ni llegar a probar ninguna teoría infalible. Me conformo tan sólo con exponerla. La verdad que a mí eso de ser plenamente libre también me asusta. Y es que en el fondo, como Adán y Eva, sé que en multitud de ocasiones he renunciado más o menos conscientemente al paraíso por un mundillo bastante cutre. He renunciado a lo que soy por un conjunto de patrañas engañosas que me han seducido como lo hizo la serpiente con Eva. Sé que soy un ser creado por amor y hecho para amar —porque sólo cuando me siento amado y soy capaz de amar comprendo que realizo lo que estoy llamado a ser— pero en cambio experimento un gran miedo a amar, a entregarme en el vacío del amor sin medida. Continuamente estoy poniendo condiciones a ese amor, reclamando atención, justificando mis reservas, actuando como si no me supiera receptor de una gran corriente de amor. En el fondo descubro que amar me compromete de un modo radical y me asusta un compromiso de tales dimensiones. Experimento lo que tan bien expresaba San Pablo cuando al hablar de su propia experiencia decía que no hacía el bien que deseaba sino más bien el mal que no quería. Ahora bien, a pesar de mis limitaciones, como Pablo, no puedo dejar de reconocer lo que soy: un ser hecho de amor y para amar.
Algunos aún no han descubierto este amor generoso por mil circunstancias. Muchos han tenido un pasado muy difícil; otros han recibido la imagen de un Dios que más que amor se parecía a un ogro con un gran palo; es posible que muchos no hayan tenido nunca en sus vidas una experiencia de amor generoso; o puede ser, sencillamente, que hayan andando distraídos en otros menesteres. Pero la oportunidad que nos jugamos es demasiado importante para que nos detengamos en los inconvenientes. Como decíamos antes, lo que aquí está en juego es ser o no ser. Es cierto que en muchas de nuestras experiencias pasadas dificultan nuestro caminar para vivir desde lo que somos, pero no es menos cierto que la meta merece la pena el esfuerzo.
Si crees en Dios me gustaría invitarte a que comiences a recorrer, si no lo has hecho todavía, el camino de reconocerte destinatario privilegiado del amor generoso y gratuito de Dios. Atrévete a mirarte a ti mismo con los ojos de Dios. Si recorres este camino descubrirás no sólo lo hermoso que es el amor de Dios, sino también la capacidad que alberga tu corazón para amar del modo como Dios lo hace. Descubrirás poco a poco que ser tú mismo es dejarte amar y amar a otros con ese mismo amor.
Si por el contrario no crees en Dios, también me gustaría invitarte a que te contemples como un ser muy especial, como alguien único, alguien que merece ser amado no por lo que hace sino tan sólo por lo que es. Es difícil a veces vernos a nosotros mismos de este modo ya que estamos acostumbrados a fijarnos siempre en nuestra parte más negativa, pero sólo cuando cambiemos la mirada que tenemos de nosotros mismos, podrá cambiar también nuestra visión sobre los demás, sobre el mundo e incluso sobre Dios.
A veces parece que no estamos muy convencidos o no queremos estarlo de que nuestro ser más auténtico es el amor, pero si es cierto que somos amor, sólo amando alcanzaremos vivir lo que ya somos. “Ser o no ser: esa es la cuestión”. Si quieres ser: ama. Si quieres ser tú mismo anda por la senda del amor. |
|