Al viernes siguiente acompañé a Juan Carlos y a Marina a un asentamiento de chabolas de inmigrantes que hay a las afueras de mi pueblo. La mayoría de ellos eran subsaharianos aunque también había algún marroquí. Por un momento me pareció estar en otro país, como si estuviera en las misiones. Les llevamos algunas mantas, dos botequines con lo elemental y estuvimos charlando un rato con ellos. Me impresionó comprobar como aquella gente se conformaban con muy poco e incluso estaban felices. Para ellos cualquier cosa era un regalo. Me sentí un poco mal al comprobar como tantas veces no soy capaz de valorar lo que tengo y me paso el día enfadada por cien mil tonterías.
Poco a poco este mundillo me fue enganchando y aunque sea un tópico muy repetido no puedo dejar de decir que en este tiempo he recibido más de lo que he dado. Me siento en deuda con un montón de gente que ha compartido sus problemas conmigo, que ha sido capaz de dejar su orgullo a un lado para acercarse y pedirme ayuda. Hoy puedo decir que merece la pena haber empezado a trabajar ayudando a los pobres de nuestro mundo. No cambiaría por nada lo que ha supuesto a nivel personal toda esta experiencia. Curiosamente ayudar a los demás te ayuda sobre todo a ti mismo. Es algo extraño, porque tú no lo haces por ti, pero al final te sientes muy contenta y eso es más que suficiente. He hecho incluso algún que otro amigo. Muchos inmigrantes cuando me ven por el pueblo me saludan y charlamos un rato sobre los problemas que tienen con sus familias de origen, si tienen algún conflicto con otros inmigrantes o como les va en el trabajo. En definitiva, compartimos nuestra vida de una manera natural y sencilla.
Ciertamente en estos ambientes también hay algún que otro espabilado que intenta aprovecharse de las ayudas sin tener verdadera necesidad, pero esos son los menos, y esas experiencias rápidamente se te olvidan cuando ves la necesidad tan grande que hay a tu alrededor. Y es que la mayoría de las veces ni tan siquiera somos conscientes de la cantidad de gente necesitada que vive a escasos metros de nosotros. Creemos que todo el mundo vive como nosotros cuando realmente no es así.
Actualmente estoy encargada de atender a uno de los asentamientos de inmigrantes de mi pueblo junto con otro compañero más mayor que lleva ya varios años trabajando en Cáritas. Espero seguir durante mucho tiempo colaborando y ayudando a llevar el amor de Dios a través de la caridad a otras muchas personas. Hoy me siento instrumento en manos de Dios y esto es algo muy hermoso.
Espero que mi testimonio os pueda servir a algunos para que si os estáis planteando el trabajar con los que más nos necesitan no os lo penséis más. Aunque haya momentos duros apostar la vida en favor de los más pobres es siempre una gozada. |