Dic 08
 
 
Solidaridad
Solidaridad como principio en la vida
 
   La palabra solidaridad, en la actualidad,  está muy bien aceptada socialmente y potenciada por aquellas personas que sienten en sus vidas que hay que hacer algo en bien del resto de la humanidad que vive en ínfimas condiciones o que necesitan lo más básico y no lo tienen. ¿Quién puede renunciar conscientemente a la solidaridad en su interior?
Ciertamente hoy, más que nunca, las ONG’s nos hacen sensibles a estas necesidades del prójimo. Es imposible que no nos demos cuenta de ello.
Los cristianos nos sumamos también a esta palabra, y a estas acciones que se van dando,  pero realmente de lo que hemos de hablar es de fraternidad.
Hay muchas cosas que aún hemos de cambiar entre nosotros, los seres que habitamos en la tierra. En el mundo hay para todos y la realidad es que unos tenemos más y a otros aún no les han llegado las oportunidades en forma de comida, educación, desarrollo social, trabajo…Es de justicia que todos tengan las necesidades básicas cubiertas.
   Nosotros, como cristianos, hemos de pensar en clave de hermanos. Todos, como hijos de una gran familia, y desde ahí, hemos de preocuparnos por ellos,  sintiendo en lo más profundo de nuestro ser que somos una gran familia, donde nuestro Padre ha preparado un hogar donde todos podamos desarrollarnos.
 
     
Aún necesitamos recordárnoslo porque, cuando pensamos en solidaridad aparecen en nuestras cabezas imágenes de extrema pobreza, pero hemos de darnos cuenta que la solidaridad o fraternidad como yo digo, también ha de seguir construyéndose en nuestra realidad más inmediata. Sintiendo la fraternidad como valor en mi vida, obro con los que tengo cerca de la misma manera como me lo planteo con los que viven lejos.
Hay un problema que se nos plantea: los que están lejos no precisan de mi tiempo, sólo de mi colaboración. No me van a importunar, por así decirlo, en cambio, los que tengo más cerca sí. Precisan de mis momentos concretos, necesitan mis visitas y mis atenciones, son capaces de “importunarme” con sus problemas… es entonces cuando he de mirar a mis adentros para pensar si de verdad el concepto de fraternidad vive conmigo o sólo es una idea que está bien para potenciarla y exponerla en cualquier lugar donde esté.
A los hermanos de sangre se les perdonan las cosas porque son mis hermanos; se les procura que vivan felices porque yo también lo soy con ellos… pero cuando el cristianismo se adentra en mí, comprendo la misión que Dios tiene, me siento parte de una humanidad hecha como fraternidad… ahí comienza mi problema porque todo lo que acontece en mi vida es parte de las vidas de los otros. Estamos unidos no por sangre, pero sí en la misma historia de la vida. Es como cuando se tira una piedra al lago…las ondas que provoca llegan lejos.
Todo en nuestra vida es igual. Lo que pensamos, sentimos y expresamos, tiene también una trascendencia, llega a todos. Sentir a todas las personas como parte de mi vida es difícil, pero no por ello es imposible. Sentir y vivir la cotidianidad como fraternidad haciéndote presente en sus problemas, es también un gesto de “solidaridad”, de compartir, se trata de sentir tu presencia en mí, de buscar tu dignidad si se te ha roto, de encontrar contigo una solución a tu tristeza o tu melancolía, de no pasar de largo ante las dificultades del anciano o del deficiente, de sentir el dolor del que está enfermo o en cualquier otra circunstancia.
Este tipo de “solidaridad” es más difícil, pero es más cercana, tiene rostros que puedo identificarlos.
Ciertamente hace falta estar con los cercanos y con los lejanos.
Saber de las necesidades del otro hace que salga de mi yo, de mi propio ombligo, que es el que  hace que me mire una y otra vez, para acercarme a ti y encontrarme contigo para compartir este espacio de mundo que nos ha tocado vivir. Es adentrarme en el misterio de la vida que nos tiene ligados concretamente en este momento de la historia y, desde la cercanía, hacer el milagro del amor más palpable para todos.
Los que siguen soñando con la fraternidad se convierten más humanos, más tolerantes, más cercanos.
Hoy necesitamos soñadores, inventores de esos sueños fraternos o solidarios, donde el mundo vaya tomando otro ritmo. Los soñadores de este mundo trabajan por que el orgullo no les invada. Trabajan su interior para ver a todos por igual, independientemente de su condición social, de su pensar, de su  color de piel o de su  idioma. El lenguaje del amor es internacional, se expresa y siente de la misma forma en todos los seres humanos.
Se acerca la navidad y nosotros, como creyentes, celebramos la presencia en nuestras vidas de todo un Dios que se hace condición humana (como cada uno de nosotros) y que nos enseña cómo hemos de vivir y soñar para con todos.
Quizá es el momento de ponernos delante de nosotros mismos, delante de Dios para preguntarnos si queremos ser constructores de un mundo donde se viva un poco más la fraternidad. Se nos recuerda que es Dios quien nos hace partícipes de una gran mesa redonda, sin esquinas, donde todos nos podamos mirar de frente. Un mundo que sepa más a Dios porque hemos descubierto, y ya vivimos la alegría  de ese plan de amor que se nos ha propuesto. Este es un camino de fuente de vida en nuestros planteamientos diarios. Es por lo que  trabajamos y  anunciamos con fuerza, desde las experiencias que vamos teniendo.
Felicidades a todos los que siguen apostando por la fraternidad universal como patrimonio de la humanidad.
Felicidades a los que quieren seguir celebrando  ese gran invento de amor de parte de Dios, PADRE NUESTRO, que nos envía a su Hijo para enseñarnos a vivir en fraternidad.
Felicidades también a los que optan por la solidaridad como principio en sus vidas.