Ago 07
 
 
La abrazoterapia
Un achuchón que te llena de esperanza

   A lo mejor muchos ya habéis oído hablar de esta nueva terapia. Incluso es posible que alguno haya visto en televisión alguna de las iniciativas que determinados grupos de abrazoterapia han llevado a cabo en algunas ciudades. Para los que todavía no sabéis nada de esta revolucionaria terapia os diré que consiste en algo tan sencillo como en abrazar a otra persona y al mismo tiempo dejarse abrazar por ella.

   En muchas ocasiones estamos necesitamos de recibir ese abrazo amigo pero por pudor o vergüenza no nos atrevemos a pedirlo. Nos parece algo ñoño mostrar que precisamos recibir un pequeño gesto como éste. Pero, abrazar y dejarse abrazar es una experiencia que va mucho más allá de lo meramente sentimental. Cuando abrazamos a alguien le estamos diciendo que lo aceptamos, que nos fiamos de él, que es un ser importante para nosotros. Nadie en su sano juicio se dejaría abrazar por quien supiera que va a hacerle daño. El abrazo es un gesto de confianza, de respeto y de valoración del otro.

 
   
 

   Ahora bien, para que un abrazo pueda considerarse como tal tiene que cumplir una serie de requisitos mínimos. El primero es que en el auténtico abrazo tratamos de abarcar a la otra persona con nuestros brazos todo lo que podamos; y el segundo es que en todo abrazo debemos dejar que se unan nuestros pechos y nuestros vientres por lo que a continuación vamos a explicar.

   La zona del pecho es donde residen nuestros sentimientos. Cuando nos sentimos enamorados, agobiados o resentidos es en esta zona de nuestro cuerpo donde se acumulan las sensaciones. No por casualidad identificamos al órgano del corazón con el mundo de los sentimientos en general y en especial con el amor. Por eso, al unir nuestros pechos en el abrazo, estamos compartiendo nuestros sentimientos, le estamos diciendo a la otra persona que la queremos, que es un ser importante y especial para nosotros. Con respecto a la zona del vientre diremos que está vinculada con todo lo que implica estar vivo, sentirse dichoso y feliz. Fijaos que cuando nos sentimos plenos y dichosos esta zona del cuerpo parece que se nos ensancha; y es que en el vientre experimentamos la verdadera dicha, esa que no nace de lo momentáneo y externo sino que está enraizada en lo más profundo. También el vientre representa el mundo de la intimidad; nuestros deseos más profundos de felicidad; nuestro auténtico ser tiene en este lugar su centro privilegiado. Esta parte del cuerpo es la que más trabajo cuesta ponerla en contacto en el abrazo. Algunas personas incluso pueden llegar a sentir cierto pudor. Si a vosotros también os ocurre esto deberíais hacer un esfuerzo ya que al unir nuestros vientres nos estamos expresando que somos dignos de confianza, que estamos dispuestos a acogernos mutuamente en nuestro ser más profundo y auténtico; cuando hacemos esto le estamos diciendo a la otra persona que queremos compartir con ella parte de nuestra intimidad. El área del vientre está también vinculada, como ya hemos dicho antes, con el gozo de vivir; por ello unir nuestros vientres implica, además, compartir con quien abrazamos nuestros deseos más profundos de felicidad.

   Cuanto hemos recogido en el párrafo anterior hace referencia al lenguaje corporal. Es una forma de expresarnos que a menudo no tenemos en consideración y que, en cambio, es importantísima. Dicen que el ochenta por ciento de nuestra comunicación la realizamos a través del lenguaje corporal mientras que la palabra tan sólo representa el restante veinte por ciento. Creo que estos porcentajes deberían ayudarnos a valorar un poco más todas aquellas expresiones no verbales que realizamos al cabo de nuestro día.

   Podemos fijarnos a partir de ahora en como abrazamos y como lo hacen los demás. Si lo hacemos pronto descubriremos que hay tres maneras fundamentales de abrazar. Veamos a continuación cada una de ellas. La primera forma de abrazar consiste en poner los brazos de tal modo que más que utilizarlos para abarcar al otro los usamos como barrera. En este tipo de abrazo se sitúan las manos en los hombros de la otra persona de modo que si intenta acercarse a nosotros se lo podamos impedir rápidamente. Si realmente no queremos abrazar a alguien y dar la impresión que lo estamos haciendo ésta puede ser una buena estrategia. Luego están los que abrazan tan sólo a medias. Éstos lo hacen todo bien, es decir, te rodean con sus brazos, juntan su pecho con el tuyo pero al final echan el culo para detrás. En este caso la persona en cuestión no está dispuesta a intimar, a entregarse por completo, bien porque tiene recelo de hacerlo, o bien porque, sencillamente, no se acaba de fiar del todo de la persona a la que abraza. Este abrazo está mejor que el primero pero le falta un factor vital y es el de querer compartir con confianza nuestro ser más profundo. Finalmente, el verdadero abrazo consiste en entregarse por completo a la otra persona, acogiendo todo lo que ésta representa.

   En último lugar, quisiera deciros que os dejéis abrazar también por Dios. Éste no es un abrazo físico como el que nos puede dar un amigo, pero puede ser tan real como cualquier otro. El abrazo de Dios podemos recibirlo de muchas maneras, pero especialmente lo hacemos cuando nos dejamos amar y acoger por Él tal y como somos. Tengamos siempre presente que Él no espera nada de nosotros para darnos el abrazo de su amor; su misericordia es infinita, no conoce límites.

   El abrazo de Dios es siempre un don que Él nos da. Pero, no obstante, como todo en la fe, Dios también quiere que nosotros colaboremos de algún modo con Él. Por ello, aunque éste sea siempre un don suyo no estará demás que tengamos presente los tres aspectos que antes hemos tratado cuando hablábamos de los abrazos en general. Lo primero que hemos de hacer es abrir nuestros brazos ya que es difícil que sintamos el abrazo de Dios si, por ejemplo, tenemos los brazos cruzados. Abrir los brazos significa en este caso: acoger nuestra propia realidad tal y como es, sin engañarnos a nosotros mismos; también implica estar atentos para aprovechar todo lo bueno que la vida nos trae sin encerrarnos en nuestros miedos pasados; y, además, abrir los brazos hace referencia a estar atentos a las necesidades de nuestros hermanos. Una vez que estamos con los brazos abiertos lo segundo que debemos tener en cuenta es el mundo de nuestros sentimientos. Se trata ahora de abrir nuestro corazón a Dios. No olvidemos que Dios es su creador y que, por ello, nadie lo conoce mejor. Mucho antes de que nosotros tomáramos conciencia de nuestra propia existencia ya nuestro corazón amaba a su Creador. Por tanto, abrir nuestro corazón a Dios consiste, ante todo, en permitirnos a nosotros mismos sentir el amor que ya le tenemos a Dios. Por último, hemos de estar dispuestos a entregarnos a Él con confianza, con la conciencia de que nada malo puede ocurrirnos cuando nos fiamos de Dios. Aquí hemos de tratar de abrir nuestra intimidad a Dios sin miedo, dejándole que Él entre hasta lo más profundo de nosotros.

   El abrazo es un gesto solidario que está al alcance de todos en cualquier momento. Es una pena que no nos regalemos más este pequeño-gran don unos a otros. Valoremos el abrazo en su justa medida. Intenta estar abierto a reconocer el don que eres para los demás y que los demás son para ti. Abraza, hazlo de verdad, con confianza, con ganas de darte y de recibir, sintiendo que pocas cosas puedes hacer por los demás tan auténtica como ésta.