Sep 07
 
 
Una enseñanza inesperada
Cuando la marginación se convierte en un faro de sentido

   Este verano he tenido la suerte de conocer a mucha gente nueva. Uno de los nuevos amigos ha sido José y, sin lugar a dudas, él ha sido la persona que más me ha impresionado de cuantos he conocido. José es drogadicto, vive actualmente en la calle y durante este verano ha estado ejerciendo de gorrilla. No es lo que suele decirse en nuestro mundo una buena compañía pero, en cambio, de él he aprendido que la vida no es tan sólo lo que aparece en la superficie sino que hay mucho más para profundizar.

   José me comentó un día que quería escribir un artículo al periódico para expresar que todavía hay gente buena en nuestro mundo. Me gustó mucho su idea e incluso me ofrecí para pasárselo a ordenador y darle forma si fuera necesario. Pero lo cierto es que actualmente al estar reduciendo la dosis de metadona para ingresar en un centro de rehabilitación para drogodependientes no se encuentra en el mejor momento para escribir nada. Yo pensé que incluso podríamos publicar su escrito en esta sección de solidaridad. En vistas de que José no ha podido hacer su artículo, y con la confianza de que algún día lo va a hacer, me gustaría que le dedicáramos unas líneas a lo que su vida representa en medio de nuestra sociedad.

 
   
 

   Él, junto con un gran número de personas en una situación similar a la suya, forma parte del conjunto de los excluidos de nuestra sociedad. A veces nos gustaría que no existieran o, al menos, no ser conscientes de que existen, pero la realidad es que están ahí. Los pobres, los excluidos, los marginados son personas reales. Aparecen cada día en los telediarios, nos los encontramos en la calle, demandan nuestra ayuda a través de las diferentes campañas que se llevan a cabo a su favor. De muchas maneras están llamando a las puertas de nuestras vidas para que despertemos del sueño de un mundo perfecto. La realidad de la marginación —como también la enfermedad, los desastres naturales o la propia muerte— nos recuerda que este mundo, por mucho que queramos engañarnos, no es perfecto ni definitivo.

   La vida de José nos resulta, por tanto, incómoda a todos; y no lo digo porque cuestione nuestro grado de compromiso y generosidad —que también— sino porque nos remueve interiormente y nos hace interrogarnos sobre el sentido mismo de nuestra existencia. Algunos para escapar de este dilema afirman sencillamente que estas personas han tenido mala suerte y no han sabido afrontar la vida tal y como les venía, pero una visión como ésta, que divide al mundo en gente estrellada y gente con estrella, no creo que sea la solución para un interrogante como el que se nos plantea.

   José abre una gran grieta en medio de nuestra sociedad de consumo, de placer o de subida y bajada de las hipotecas. Podemos hacernos los locos, mirar hacia otro lado como si no existieran personas marginadas, como si no existiera la enfermedad, los conflictos, los problemas, incluso podemos llegar a negar hasta la existencia de la propia muerte y vivir como si esta vida no fuese a tener fin. Pero la realidad se nos impone y por ello pretender escapar de ella lo único que provocará es que acabe cogiéndonos desprevenidos aplastándonos como hormigas. Si somos capaces de vencer nuestros miedos y traspasar nuestras propias defensas podremos descubrir poco a poco que hay un misterio más profundo que da sentido a todo esto. Sólo quien es capaz de cruzar esta frontera del dolor y de la desesperación estará en condiciones de comprender cuanto a continuación vamos a plantear. Como en el anuncio de una conocida marca de relojes, podríamos decir que este artículo es para los que ya han comprendido algo de lo que hasta aquí se ha expuesto, quienes todavía no hayan entendido nada sencillamente se encuentran todavía en vías de asumir que la vida tiene un sentido más pleno, y es que, siguiendo con el ejemplo, no es lo mismo tener vida que estar vivos.

   La vida de José nos recuerda que los marginados nos precederán en el Reino de los cielos, no porque sean mejores moralmente que nosotros —que a lo mejor incluso lo son—, sino porque son los preferidos de Dios. Si ciertamente creemos que Dios es amor será lógico afirmar que Dios tenga como privilegiadas a aquellas personas que más lo necesitan, y sin duda José es una de ellas. El amor siempre es así. Si queréis tener un ejemplo cercano de esto sencillamente fijaros en vuestra familia o en cualquier otra en la que haya una persona que sea especialmente débil y observaréis como el apoyo y el cariño mayor son para ella. O tan sólo fíjate cuando caes enfermo y observarás como tu entorno se preocupa por ti con más dedicación de lo que lo hace habitualmente. Y es que el amor siempre nos invita a poner a los más débiles y necesitados como objetivos prioritarios de nuestra atención.

   José representa para cuantos estén dispuestos a ver con los ojos de la fe y de la auténtica humanidad un verdadero don. Su vida nos alumbra como un faro recordándonos que debemos estar vigilantes si no queremos encallar en la costa de la desesperación y del sinsentido. Y es que si realmente queremos profundizar en el sentido de nuestra vida será muy recomendable que nos acerquemos a gente como él, no tan sólo para ayudarles como el buen samaritano sino también para descubrir el gran don que estás personas representan para nuestras vidas.

   Si somos capaces de reconocer que todos, en mayor o en menor medida, somos aprendices en el arte de vivir estoy convencido que tanto la vida de José como cuantas circunstancias difíciles se nos presenten en nuestra vida nos enseñarán mucho; si por el contrario pensamos que ya lo sabemos todo y que esto son sólo ganas de complicarse la vida nos perderemos la posibilidad de saborear que el Reino de Dios está más cerca de lo que pensamos.