Empieza un nuevo año lleno de ilusiones, esperanzas y alegrías; un año que está por estrenar. Doce meses para tener doce pensamientos solidarios; doce causas que nos ayuden a ser más personas, a vivir más en “cristiano”; doce posibilidades de comprometernos con los de nuestro alrededor, con nuestra ciudad, con nuestro mundo.
Y comenzamos el año celebrando la Jornada Mundial de la Paz. La paz, ese gran don que tanto deseamos y anhelamos, pero que en muchos momentos está lejos de nosotros. En un mundo lleno de guerras, de odios de peleas entre hermanos, de discriminación, pedimos una vez más en el año que entra la paz. La paz en nuestras familias, la paz en nuestro entorno, en nuestra ciudad, en nuestro país, la paz en el mundo…
Para ello, antes que nada, habría que plantearse si realmente nosotros vivimos en paz, si nosotros como cristianos somos capaces de vivir sin peleas, sin malas caras, sin… Decía Jesucristo: “Dichosos los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9) Esto es precisamente lo que debería distinguirnos como cristianos, como personas comprometidas en medio de nuestro mundo. Ese ser pacífico conlleva un vivir desde dentro, desde el encuentro profundo con Jesucristo, ya que es justamente el trato con Él lo que nos hace tratar y ver al hermano con los ojos de Dios, lo que nos puede llevar a ser personas transmisoras de paz en medio de nuestro entorno, siendo capaces de pedir en todo momento la paz para un mundo como el nuestro que a veces parece estar tremendamente desorientado.