2.
Cuida también la elección de un lugar
Dios
está en todas partes. Cierto. Los verdaderos
adoradores no tienen que ir a buscar al Señor
al monte Garizín ni al Templo de Jerusalén.
Verdaderamente
es digno y saludable que en todo tiempo y «lugar»
le demos gracias. Pero, siempre que puedas,
procura elegirte un «espacio de oración».
Un lugar colmado de silencio y de paz. Te sugiero tres
posibles:
– En el templo, muy cerca del Sagrario o de tu
imagen preferida.
– En tu habitación —cerrada bien
la puerta— también puedes acondicionar
con sobriedad tu «rincón de oración».
– Y en plena naturaleza. Bajo la cúpula
de ese templo de la creación que es el firmamento
cielo y unido al concierto que elevan al Creador todas
sus criaturas.
No
caigas, sin embargo, en la tontería —como
advertía Teresa de Jesús— de creer
que con Dios sólo se puede orar en los rincones.
Muchas veces no encontrarás otro lugar para hacerlo
que el vagón del Metro o el embotellamiento del
tráfico.
3.
Pero, ¿por qué tienes que orar?
A
la hora de buscar un primer «porqué»
a tu oración piensa éste: debo orar porque
Jesús oró, nos enseñó a
orar y nos insistió que lo hiciésemos
insistentemente.
Pero
hay otro «porqué» que no es otro
sino el de que «el Señor está ahí
y te llama». El te amó primero. El siempre
llama a tu puerta. A poco que pienses, te darás
cuenta de que no te queda otro remedio que responder.
Y esta respuesta, la hagas como la hagas: pidiendo,
agradeciendo, alabando, etc., será tu oración.
En
una palabra, toma la decisión de orar por verdadero
«amor», nunca como una obligación
más. Y tómala, como también decía
Teresa de Jesús, con una decidida determinación
de llevarla a cabo, pase lo que pase, suceda lo que
suceda.
4.
Al comenzar tu oración: ¡recógete!
Piensa
que habitualmente el ajetreo de la vida nos tiene desperdigados
en mil pedazos: ruidos, cansancios, preocupaciones, ect.
Todo ello hace que muchas veces no estemos realmente
donde estamos ni a lo que estamos. Por eso, antes de
orar, necesitamos recomponer ese puzle que somos nosotros.
Tenemos
que integrar cuerpo y espíritu. Tienes que recoger
tus sentidos, sentimientos y afectos, de suerte que
crees un clima propicio a la escucha del Señor.
Te
ayudará a conseguir este «recogimiento»
psicofísico, el lograr una determinada postura
corporal, la relajación de tu sistema muscular
y el que consigas una respiración serena, profunda
y consciente.
5.
Siéntate de inmediato en su presencia
Orar
no es sino eso: descubrir como sea y donde sea la presencia
del Señor y sentirte ante ella. Pero para descubrir
esa Presencia y saber qué decir, precisamos la
ayuda del Espíritu. Del Espíritu de Jesús.
Del Espíritu Santo:
– Él te descubrirá el sentido de
las Escrituras.
– Él te desvelará el mensaje encerrado
en cada acontecimiento.
– Él te ayudará a clamar: ¡Abbá!
¡Padre!
– Él te desvelará su voluntad y
te dará fuerzas para correr a cumplirla.
– Él, en una palabra, es quien orará
en ti. Y tú, por Él, en Cristo.
Luego,
si es el Espíritu el verdadero protagonista de
tu oración, no la comiences nunca sin susurrar
repetidamente: ¡Ven, Espíritu Santo, ven!
Y luego, déjate invadir, sacudir, purificar y
lanzar al mundo por Él.
6.
Lo que más importa es "querer"
Cuando
comiences cualquier momento de oración, formula
expresamente tu deseo de sentirte ante tu Dios. De ofrecerle
ese tiempo. De ponerte a su escucha. De tratar con El.
Di, por ejemplo: «Tú estás aquí.
Dios, Tú eres amor». Y añade: «Señor:
de este rato de oración quiero lo que Tú
quieras». Luego, bastará con que renueves
a lo largo de este tiempo, esta misma actitud.
En
todo trato de amistad —la oración lo es—
lo que importa es el «querer ESTAR con el amigo».
El cómo discurra ese momento de presencia acompañada
ya no depende tanto de nosotros. Si durante la oración
llega el fervor, lo mismo que si llega
la distracción o la aridez, habrá que
repetir con más fuerza si cabe: «Señor:
yo quiero lo que Tú quieras».
7. Recuerda que orar es cosa de dos
También desde el primer momento hay que establecer
con el Señor una clarísima «relación
dialogal»:: Tú-yo; yo-Tú. Esta comunicación reavivará
tu fe y te evitará confundir la oración
con otras muchas cosas.
8.
Ya en el momento de intimidad
a) Escucha: «Escucha, Israel»;
«Habla, Señor, que tu siervo escucha»;
son frases clave en ese diálogo amistoso Dios-hombre
que es su Revelación y nuestra oración.
Todo lo dicho, hasta ahora, no tenía otra finalidad
sino favorecer esta escucha.
Lo
más normal es que leas algún texto de
la Escritura: un salmo, un pasaje evangélico, etc..
Métete en alguno de sus personajes, haz tuyos
los sentimientos de Jesús.
– En ocasiones esta Palabra puede venir traducida
en los textos de un autor espiritual; del magisterio
de la Iglesia, etc. Léelos del mismo modo.
– Puede que muchas veces Dios te hable a través
de cualquier acontecimiento que acaba —te acaba—
de suceder. Bájalo con cariño —como
María— al fondón de tu alma para
descubrir a la luz del Espíritu el mensaje que
lleva dentro.
b) Calla: calla tú para que sólo
resuene en ti lo que has oído. Repite una y otra
vez esa frase, esa palabra. Recuerda esa escena, ese
sentimiento, esa actitud. Lleva lo escuchado a
aquel rincón de tu ser o de tu vida donde más
eficaz pueda ser.
c) Contempla: contemplar es mirarlo todo
con "paz", ¡con muchísima paz!
Y con "amor", ¡con muchísimo
amor! Mirar, por ejemplo, a Jesús y sentirte
mirado. Hasta descubrir el secreto de mirar así
para ir luego mirándolo todo por la vida de ese
mismo modo. Y así, hasta resumirlo todo —lecturas,
hechos, cantos, símbolos; pensamientos, recuerdos…—
en pura y simple "atención amorosa".
9.
Orar es «comprometerse»
Nada
hay menos alienante que el amor. Por eso, nada puede
haberlo menos que la oración. ¿Por qué?
Porque el verdadero amor de Dios ha de conducirte de
inmediato al amor de lo que Teresa de Jesús llamaba
los "negocios de Dios". Esto es, oramos,
no para que Dios realice nuestros planes, sino para
conocer y ser capaces de realizar nosotros los planes
de Dios. Si al concluir tu momento de oración
no sales un poco más dispuesto a que, por lo
que de ti dependa, algo comience a ser un poco más
como Dios quiere, fíate
poco de tu oración.
Todo
orante tiene una familia a su careo. Se llama "Humanidad".
10.
Y cuando termines, "no cierres la puerta de golpe"
El
final de la oración suele ser con frecuencia
la parte más descuidada de la misma. Sin embargo,
nadie termina un rato de conversación con un
ser querido levantándose de pronto y cerrando
la puerta de golpe.
Por
eso, comienza a despedirte mostrando al Señor
tu gratitud por el propio rato de oración que
has mantenido. Ojo: antes que por ninguna otra cosa,
por esto: por haberte permitido «tratar»
con Él.
Luego,
no evalúes si el provecho espiritual que has
sacado de este momento fue mucho, regular o nulo. Si
hemos querido mantenerle, eso nos debe
bastar. Además, según San Juan de la Cruz,
hasta esos ratos que pensamos haber perdido el tiempo
en la oración, «tiénelos Dios en
mucho».
Como
punto final, puede servimos una plegaria a María
para unirnos al coro de aquellos primeros cristianos
que «perseveraban en la oración, junto
con María la Madre de Jesús» (Hch
2, 14). |