1. Qué es orar en grupo
Entendemos
por «grupo de oración» al formado
por unos cuantos creyentes, que de forma libre y espontánea,
se juntan periódicamente para compartir su oración.
Este modo de orar no depende de modas o caprichos. Su
fundamento bíblico parte de la promesa misma
de Jesús: «Donde dos o tres se reúnan
en mi nombre, allí estaré Yo en medio
de ellos…» (Mt 18,20).
Desde las primitivas comunidades cristianas de que nos
hablan los Hechos, hasta nuestros días, este
modo de orar ha sido el complemento de la oración
«personal» y —cuando no lo es ella
misma— también de la litúrgica.
Orar en «grupo» tiene ventajas muy notorias.
Los otros nos impiden caer en el complejo de «hijo
único» del Padre; nos ayudan a discernir
estas cosas de oración siempre difíciles;
crean un clima favorable en medio de un ambiente tan
hostil y nos hacen «sentimos orados» que
es el mejor modo de sentirse uno amado.
Conviene no olvidar que, así como en la oración
personal hay un diálogo amistoso entre Dios y
cada uno de nosotros, en ésta el interlocutor
de Dios es un «nosotros». No basta con orar
«junto a los otros» ni «por los otros»,
sino «al unísono» de los otros. Unidos
como cuerdas de una misma lira.
Pensad que para orar juntos hay que orar, no sólo
desde una misma fe, sino también desde una vida
compartida. Reíd juntos, trabajad juntos, sufrid
juntos y veréis lo fácil que os resulta
orar unidos, viene a decir San Agustín.
Por eso, toda oración de grupo ha de ser «compartida».
No podemos decir que hacemos algo en «grupo»
si los demás no se enteran. Por eso debemos compartir
nuestra «experiencia» orante con quienes
acompañan nuestro orar.
Este tipo de oración también requiere
de un «tiempo» y un «lugar»
apropiados. Las reuniones orantes no deben distanciarse
demasiado. Y los lugares de oración, ojalá
estén dispuestos, dotados de una sobria y cómoda
elegancia.
Todo «grupo de oración» tiene un
animador indiscutible: el Espíritu Santo. Ello
no impide, al contrario, que también sea necesario
contar con «animadores» de este tipo de
«grupos». Creyentes que hayan hecho a nivel
personal el descubrimiento de esta perla escondida que
es la oración y que, además, tengan psicología
y pedagogía suficientes para contagiarla.
Si quieres un ejemplo concreto de COMO llevar a cabo
un encuentro de oración en grupo, a continuación
te brindamos el modo como lo hacemos dentro de un «Grupo
Teresiano de Oración». Por si te sirve…
2. Como desarrollar la oración en grupo
2.1. Acogida
«Acogernos
mutuamente» a medida que vamos llegando «al
encuentro de oración» es y ha de ser siempre
uno de los rasgos característicos de nuestros
Grupos. No hemos de olvidar nunca que esta acogida se
basa, entre otras cosas:
– en que el «hermano» será
siempre el mejor sacramento de la presencia del Señor
entre nosotros;
– en que uno de los objetivos más buscados
desde el punto de vista psicológico por todo
ser humano, es el de sentirse alguien en alguna parte;
– y, finalmente, en que de la acogida dependerá
en gran parte lo grato que encontremos todos el ambiente
y, como consecuencia, lo que en él pretendemos
desarrollar.
Una
buena acogida presupone necesariamente:
a) Tiempo: Él «pasa, pasa
rápido, que hay prisa por comenzar», es
lo más opuesto a una buena acogida. Es dar más
importancia al horario que a uno. Y éste, si
es cierto que hay que guardarle, habrá que hacerlo
de otro modo.
b) Conocimiento: Todos debemos «conocernos».
Esto es, todos debemos interesamos por la vida del otro
y sus variadísimas circunstancias. Y cuando no
las conozcamos, preguntar. Y esto, no en un primer encuentro,
sino siempre.
c) Interrelación: No basta con
que los asistentes se saluden por «grupos de amistad».
Habrá que saludarse y acogerse «todos a
todos».
d) Roles o papeles: Una variante de la
auténtica acogida —al menos por parte de
los responsables de la animación del “encuentro”—
es la de repartir «papeles» a desempeñar.
No decimos que siempre; pero uno al que nunca se le
encarga nada, no creemos que se sienta demasiado bien
acogido.
e) Lugar: ¡Qué bueno que
en todas partes se pueda disponer de un lugar oportuno
para charlar animadamente, tanto en la acogida como
en la despedida!
f) Despedir: Exacto, «acoger»
también es, en cierto modo, «despedir».
Porque no cabe duda de que una buena «despedida»
es el mejor prólogo a una estupenda y gratificante
«acogida».
2.2. Escuela
He
aquí otro de los rasgos típicos de nuestros
Encuentros orantes: la Escuela. Su finalidad: mantener
entre nosotros una especie de «neocatecumenado»
en lo que a Teología Espiritual se refiere. De
forma periódica, breve y adaptada, tanto al tema
«oración», como al tipo de asistentes.
Puntos
clave a tener en cuenta en ella son:
a) Quién ha de darla: El animador
del grupo u otra persona preparada.
b) Tema: Uno cada vez, dentro del programa
establecido con anterioridad.
– Puede coincidir o no con el tema sobre el que
se ha de orar.
– Resulta muy útil repartirlo por medio
de una ficha fotocopiada.
c) Participación: Procúrese
por todos los medios que no se reduzca todo a un monólogo
de quien la explica. Tiene que haber preguntas y respuestas.
d) Tiempo: Breve;
nunca más de un cuarto de hora, veinte minutos.
2.3. Momento orante, propiamente dicho: etapas
A) Ambientación: Palabras del animador
– Acogiendo a todos.
– Animándoles a… «recogerse».
– Haciéndoles sentir la presencia del Señor.
– Moviéndoles al arrepentimiento de sus
culpas.
– Invitándoles a «invocar al Espíritu»…
(Canto repetitivo).
B) Escucha de la Palabra de Dios
– El animador sensibiliza de nuevo hacia la «escucha»…
– Uno ya preparado, la lee. (Es fundamental que
la lea bien).
– Y se entra así en el oasis del «silencio
contemplativo».
En
él podemos:
– «Recordar». Esto es, repetimos despaciosamente
alguna frase, alguna palabra, alguna idea que más
nos haya impactado…
– «Acompañar». A la Palabra
por zonas o situaciones de nuestro vivir que estén
un tanto secas, grises, muertas…
– «Dialogar con el Señor».
Devolviéndole su Palabra.
– Recordemos que sólo sabemos decirle lo
que El nos sugiere.
– «Amar». Esto es lo más importante.
Durante este espacio de tiempo amemos y sintámonos
amados. Mediante una mirada, una simple palabra. Un
silencio, ya que sobre todo debemos…
– Callar. Sentimos simplemente su presencia en
unión de los hermanos. Como cuerdas distintas
de una misma lira.
Podemos
también salpicar el silencio con algún
canto repetitivo.
C) Oración compartida
Conviene
diferenciar este momento del anterior con una canción.
Compartir
es una parte «muy importante» de la oración
de grupo:
– canaliza las ventajas que supone «hacer
algo en compañía»,
– facilita la sintonía dentro de “un
solo corazón orante”,
– presta, poco a poco, cohesión al grupo
y potencia su progreso.
Compartir
consiste en expresar en clave de petición, agradecimiento,
alabanza o adoración, aquello que uno ha experimentado
al orar. El
Espíritu nos habla muchas veces a través
del que está al lado.
De las aportaciones de cada cual, va surgiendo un compromiso.
A
cada intervención, se puede responder:
– repitiendo la clave: te lo pedimos, gracias,
alabado seas, Señor;
– recitando o cantando una antífona conocida
de todos…
D) Momento final
No
se puede romper de improviso una de estas experiencias:
– nadie termina bruscamente una conversación
con un amigo;
– el animador debe mentalizar a todos en este
sentido…
– él mismo puede expresar en una «Oración
final», todo lo dicho.
Solemos
terminar con:
– el rezo en común del «Padre nuestro»;
más…;
– un canto a María…