3.
Escuchar la Palabra es reconocer que emite en una onda
que sólo con la ayuda del Espíritu seremos
capaces de captar
Los
Apóstoles no sólo conocían el Evangelio,
sino que lo habían protagonizado. ¡Y no
entendieron nada… hasta que llegó sobre
ellos el Espíritu Santo!
Antes
de leer la Palabra, pidamos su luz. Para no leerla ni
escucharla al estilo de otras lecturas. Para no acercamos
con sentidos críticos, doctos, etc. Para intentar
descubrir en ella la voluntad del Señor sobre
nosotros. Antes de leerla, pues, ¡ven, Espíritu
de Dios, sobre mí…!
4.
Escuchar la Palabra es saber «dónde se
encuentra escrita o pronunciada»
No
basta con que sepamos que está en la Escritura.
Debemos saber localizarla, escogerla;
de acuerdo con nuestras circunstancias u objetivos.
Dios
habló a hombres concretos en circunstancias concretas.
Hoy nos habla también a nosotros y en nuestras
circunstancias.
Cuanto mejor conozcamos la Palabra,
mejor oraremos y ayudaremos a orar.
5.
Escuchar la Palabra es «saber leerla»
Cada
lector, en privado y, sobre todo, en grupo, debe concientizarse
de que es una especie de «sembrador». Y
cada semilla hay que depositarla en la tierra de la
forma y en la cantidad precisa. Por eso, al leer,
debemos cuidar de hacerlo despacio,
con frases breves, y ajustándonos
a un tono de voz apropiado al tipo de
texto que leemos.
6.
Escuchar la Palabra es saber «acogerla»
La
Palabra, como la simiente, es como un niño que
precisa de todos los cuidados para que se arraigue en
la vida y crezca. Proponemos un método sencillo
para lograrlo:
a)
Una vez escuchada, repitamos trozos de esa Palabra en
nuestro interior…
b)
Pasémosla, luego, a nuestro corazón, intentando
sintonizar con los sentimientos que tuvo, por ejemplo,
Cristo, en el momento de pronunciarla…
c)
Deja que esa Palabra recorra todos los rincones de tu
vivir, sobre todo, los más resecos…
d)
Esa misma Palabra que Dios nos ha dicho, devolvámosela
a Él. Entablemos conversación amistosa con Él,
a propósito de ella. Como hizo la Samaritana…
e)
Hasta llegar, si es posible, a un momento de oración
contemplativa, en que tan sólo le miremos y nos
sintamos mirados; en que nos quedemos amando al Amado…