CÓMO ORAR UN TEXTO BÍBLICO

1. Orar es saber escuchar

   Se ora, insistimos, no para que Dios realice nuestros planes, sino para ser capaces de realizar los planes de Dios. Luego debemos conocerlos…

   La voluntad divina —sus planes— se nos manifiesta a través: de la Palabra revelada —la Biblia—; del Magisterio de la Iglesia; de los signos de los tiempos; y de cuanto nos acontece en la propia vida…

   Vamos a detenemos en la «escucha de la Palabra» y «hecha en grupo orante».

2. Escuchar la Palabra es saber «prepararle el terreno»

   Partamos siempre de la parábola del Sembrador (Mt 13, 1-9). Es el lugar donde cae la semilla, el factor que determina su rendimiento o no…

   Cuando oremos, no vayamos directamente a la Palabra. «Preparemos debidamente nuestro terreno». Santa Teresa decía que todo orante «debe ganarse a sí para sí». Solemos estar tremendamente dispersos. Hemos de volver a conquistar vista, oído, cuerpo, imaginación… Sobre todo en los comienzos…

 
   
 

3. Escuchar la Palabra es reconocer que emite en una onda que sólo con la ayuda del Espíritu seremos capaces de captar

   Los Apóstoles no sólo conocían el Evangelio, sino que lo habían protagonizado. ¡Y no entendieron nada… hasta que llegó sobre ellos el Espíritu Santo!

   Antes de leer la Palabra, pidamos su luz. Para no leerla ni escucharla al estilo de otras lecturas. Para no acercamos con sentidos críticos, doctos, etc. Para intentar descubrir en ella la voluntad del Señor sobre nosotros. Antes de leerla, pues, ¡ven, Espíritu de Dios, sobre mí…!

4. Escuchar la Palabra es saber «dónde se encuentra escrita o pronunciada»

   No basta con que sepamos que está en la Escritura. Debemos saber localizarla, escogerla; de acuerdo con nuestras circunstancias u objetivos.

   Dios habló a hombres concretos en circunstancias concretas. Hoy nos habla también a nosotros y en nuestras circunstancias.

   Cuanto mejor conozcamos la Palabra, mejor oraremos y ayudaremos a orar.

5. Escuchar la Palabra es «saber leerla»

   Cada lector, en privado y, sobre todo, en grupo, debe concientizarse de que es una especie de «sembrador». Y cada semilla hay que depositarla en la tierra de la forma y en la cantidad precisa. Por eso, al leer, debemos cuidar de hacerlo despacio, con frases breves, y ajustándonos a un tono de voz apropiado al tipo de texto que leemos.

6. Escuchar la Palabra es saber «acogerla»

   La Palabra, como la simiente, es como un niño que precisa de todos los cuidados para que se arraigue en la vida y crezca. Proponemos un método sencillo para lograrlo:

   a) Una vez escuchada, repitamos trozos de esa Palabra en nuestro interior…

   b) Pasémosla, luego, a nuestro corazón, intentando sintonizar con los sentimientos que tuvo, por ejemplo, Cristo, en el momento de pronunciarla…

   c) Deja que esa Palabra recorra todos los rincones de tu vivir, sobre todo, los más resecos…

   d) Esa misma Palabra que Dios nos ha dicho, devolvámosela a Él. Entablemos conversación amistosa con Él, a propósito de ella. Como hizo la Samaritana…

   e) Hasta llegar, si es posible, a un momento de oración contemplativa, en que tan sólo le miremos y nos sintamos mirados; en que nos quedemos amando al Amado…