CÓMO ORAR UN ACONTECIMIENTO

   Seguro que en más de una ocasión hemos interpretado ya ciertos sucesos o acontecimientos como premio o castigo divinos. Sin paramos en lo acertado o erróneo de alguna de estas interpretaciones, lo cierto es que Dios acostumbra a enviarnos sus mensajes en el envoltorio de mucho de lo que acontece a nuestro alrededor.

   Por lo mismo, expresiones tales como «orar la prensa» u «orar un acontecimiento», lejos de ser ocurrencia caprichosa y vanal, es medio muy eficaz de descubrir la presencia del Señor para ponerse a su escucha. Esto es, para orar.

   El hombre de la Biblia siempre vio en cada acontecimiento una teofanía, una manifestación divina. Casi siempre enhebra su oración desde lo que aconteció o acontece a su Pueblo o a él mismo. Jesús mismo practica y enseña esta misma dinámica orante.

   Y es que, si lo pensamos, en Dios nos movemos, existimos y somos. De ahí que cada situación, cada hecho de nuestra vida personal o social provenga de una acción providente suya. Y debamos llevarla a nuestra oración para interpretar su voluntad.

 
   
 

   Mi primer acontecimiento soy «yo mismo». Mi cuerpo, mi edad, mi salud, mis penas o alegrías, mis éxitos o fracasos. Luego, más en mi interior, tengo el acontecimiento de su Presencia. Ya en el exterior, siempre me acompaña ese acontecimiento —reflejo suyo— que es el «prójimo». Y para terminar, todo el conjunto de las criaturas a través de las cuales también el Padre común trata de comunicárseme. «En cada cosa que Dios creó, hay mucho más de lo que se entiende» (Santa Teresa).

   He aquí los criterios-clave que debemos seguir al orar un acontecimiento:

   a) Vivir habitualmente en clave de fe. No llevar nunca dos vidas paralelas: la que llamamos «material» y la «espiritual». Ni, menos, filtrarlo o colorearlo todo del color de nuestras apetencias, obsesiones o prejuicios: dinero, fama, confort, placer…

   b) Ir por la vida mirando, más que viendo; escuchando, más que oyendo todo cuanto sucede en derredor. Es preciso pararse. Y luego, con paz y con amor ver lo que ha pasado, por qué, dónde, cuándo, cómo… Releyendo, preguntando…

   c) Una vez elegida, leída, asimilada una noticia, debemos iluminarla con la luz del Evangelio. Sólo juzgándola desde criterios evangélicos podremos verla como positiva o negativa. Podremos saltar a la súplica, gratitud o alabanza.

   d) Un paso más y consiste en hallar las causas y causantes de lo ocurrido. No, no es que tratemos de buscar al asesino como en una película policíaca, pero sí nuestra posible implicación y responsabilidad dentro de lo acaecido. Sólo así podremos, con la ayuda de la gracia, adoptar un compromiso que se traduzca en obras o actitudes.

   e) Para terminar siempre —pase lo que haya pasado— nos detendremos a observar, llenos de «confianza» en esa Providencia en cuyas manos estamos, como Dios hasta de los males sabe sacar bienes abundantes. A menudo cuando pensamos que Jesús se ha dormido dentro de nuestra frágil barquilla lo que se ha dormido es nuestra fe. En los momentos más trágicos, recordamos aquello de que «era necesario que el Mesías padeciese…». Nuestra visión de los hechos es harto miope; sólo Dios contempla las cosas en clave eternidad.