Mi
primer acontecimiento soy «yo mismo». Mi
cuerpo, mi edad, mi salud, mis penas o alegrías,
mis éxitos o fracasos. Luego, más en mi
interior, tengo el acontecimiento de su Presencia.
Ya en el exterior, siempre me acompaña ese acontecimiento
—reflejo suyo— que es el «prójimo».
Y para terminar, todo el conjunto de las criaturas a
través de las cuales también el Padre
común trata de comunicárseme. «En
cada cosa que Dios creó, hay mucho más
de lo que se entiende» (Santa Teresa).
He
aquí los criterios-clave que debemos seguir al
orar un acontecimiento:
a)
Vivir habitualmente en clave de fe. No llevar nunca
dos vidas paralelas: la que llamamos «material»
y la «espiritual». Ni, menos, filtrarlo
o colorearlo todo del color de nuestras apetencias,
obsesiones o prejuicios: dinero, fama, confort, placer…
b)
Ir por la vida mirando, más que viendo; escuchando,
más que oyendo todo cuanto sucede en derredor.
Es preciso pararse. Y luego, con paz y con amor ver
lo que ha pasado, por qué, dónde, cuándo,
cómo… Releyendo, preguntando…
c)
Una vez elegida, leída, asimilada una noticia,
debemos iluminarla con la luz del Evangelio. Sólo
juzgándola desde criterios evangélicos
podremos verla como positiva o negativa. Podremos saltar
a la súplica, gratitud o alabanza.
d)
Un paso más y consiste en hallar las causas y
causantes de lo ocurrido. No, no es que tratemos de
buscar al asesino como en una película policíaca,
pero sí nuestra posible implicación y
responsabilidad dentro de lo acaecido. Sólo así
podremos, con la ayuda de la gracia, adoptar un compromiso
que se traduzca en obras o actitudes.
e)
Para terminar siempre —pase lo que haya pasado—
nos detendremos a observar, llenos de «confianza» en esa Providencia
en cuyas manos estamos, como Dios hasta de los males sabe
sacar bienes abundantes. A menudo cuando pensamos que
Jesús se ha dormido dentro de nuestra frágil
barquilla lo que se ha dormido es nuestra fe. En los
momentos más trágicos, recordamos aquello
de que «era necesario que el Mesías padeciese…».
Nuestra visión de los hechos es harto miope;
sólo Dios contempla las cosas en clave eternidad.