La estancia de Jesús en casa de Lázaro —al margen del sentido teológico del relato— es una lección de hospitalidad y de buenas maneras. Marta y María representan dos posturas ante el Maestro y dos actitudes ante el huésped —y el extranjero—: la escucha y el servicio.
Escuchar al huésped para conocer su mundo —el mundo del que viene y el mundo que encierra en su interior— es la primera característica de un buen anfitrión. En esa escucha atenta y abierta está el mejor medio para el enriquecimiento mutuo entre los individuos y los pueblos. El miedo, la desconfianza y el menosprecio constituyen su mayor impedimento. El complemento de la escucha es el servicio que no es sino la acogida activa, eficaz, comprometida. Lo contrario de la misma es el rechazo o el desinterés. Jesús defendió y predicó el valor de la hospitalidad y lo consideró un criterio para juzgar la rectitud de corazón humano: Fui extranjero y me recogisteis (Mt 25,36).
Es sorprendente —aunque tiene su lógica— que, en unos aspectos, vayamos hacia la planetización de la vida y a la convergencia de intereses, mientras que, en otros, nos movemos, con paso apresurado, hacia el particularismo. Ahí está —por ejemplo— el proceso de unificación de Europa y el auge de los movimientos nacionalistas. Sociólogos y antropólogos tendrán que explicarnos por qué. El problema es ver las cosas como oposición, porque esto lleva a la lucha y al enfrentamiento. La solución está en verlas como polos complementarios: sólo se puede construir la unidad desde la diversidad y el pluralismo. Sólo respetando las diferencias se puede construir un mundo solidario y unido. Lo contrario es totalitarismo.
Ante el fenómeno de la inmigración y el resurgir de los nacionalismos sería bueno aprender la lección que se nos da en casa de Marta y María. Necesitamos escucharnos tanto como ayudarnos. Si cada uno permanece encerrado en su castillo, con los cañones apuntando al castillo vecino, nunca viviremos en paz.
Encontrarnos con este texto después de la parábola del buen samaritano nos lleva a plantearnos cuál es el sentido profundo de la llamada del pasado domingo que Jesús hacía al maestro de la ley: ve y haz tú lo mismo. Si escuchar al huésped es conocer su mundo, escuchar la Palabra de Dios, que es nuestro huésped ya que nos habita, es conocer su proyecto sobre el hombre y el mundo.
Acoger la Palabra de Dios se convierte de esta manera en la raíz de la vida de todo discípulo, actitud que, una vez conocida la Palabra, exige una traducción —en nuestro quehacer cotidiano— en gestos de amor y misericordia hacia los otros que hagan surgir la vida, que se creó por la Palabra, en el corazón de los hombres.
Cuando descubramos que los valles se elevan, los montes se abajan, lo torcido se endereza y lo escabroso se allana (cf. Is 40,4), sin darnos cuenta, estaremos manifestando que siendo socios de Dios, colaboradores en su proyecto, hemos dejado de estar inquietos y nerviosos con tantas cosas porque habremos hecho una opción por lo único necesario. Descubriremos que hemos escogido la mejor parte, aquella que nada ni nadie nos podrá quitar.
No olvidemos, los que somos discípulos del Maestro, que la única cosa que es necesaria, la parte mejor que nunca nos será arrebatada es la escucha atenta y la realización obediente de la Palabra de Jesús. |