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La primera curación de una enfermedad que narra san Marcos tiene como beneficiaria a la suegra de Pedro. Después de desconcertar a todos con su poder, Jesús empieza a ganar terreno al poder del maligno una de cuyas manifestaciones, según la mentalidad de la época, es la enfermedad. Él trae la salvación y la curación del cuerpo es una de sus expresiones. Se trata de algo que, con frecuencia, olvidamos: Jesús salva al hombre entero. Lo salva en su cuerpo liberándolo de la enfermedad y de la muerte, que deja de ser aniquilación definitiva y se convierte en tránsito; lo salva en su mente liberándolo de los poderes del maligno, que era la interpretación que se hacía de muchas de las enfermedades mentales; y lo salva en su espíritu perdonándole los pecados.
Pero existe el peligro de reducir la salvación a un solo aspecto y esto tiene consecuencias graves. La mayor de las cuales es la fragmentación del ser humano reduciéndolo a un solo aspecto o dimensión. Es lo que suelen hacer los profesionales. Para el médico, el cuerpo es una máquina que hay que reparar y poner a punto; el psiquiatra trata de indagar en el cerebro y de entender su funcionamiento; en su ayuda viene el psicólogo que hace lo propio con la personalidad; y el cura sólo ve pecado. Los tres olvidan que el ser humano, mientras vive en este mundo, es un todo en el que ninguna dimensión existe sin la otra, de tal manera que el daño o el bienestar de una repercute necesariamente en las otras dos.
En esto parecen haber caído todos los que, al enterarse de lo que ha hecho, acuden con sus enfermos y endemoniados para que los cure. No ven en Jesús al salvador sino al curandero. Y Jesús se retira. Se marcha a un lugar solitario para orar. Cuando le encuentran, le dicen que la gente le busca, posiblemente para que siga curándoles de sus enfermedades, pero él se marcha a otro lugar a predicar porque “para eso ha venido”. Sabe que le están entendiendo mal. Sabe que es una manipulación de su ministerio y de su misión y, por eso, se aleja de ellos.
Desde antiguo los hombres han intentado la instrumentalización de Cristo y nuestro tiempo no se escapa de ello. Quienes dicen “yo soy cristiano, pero no católico” o “Cristo sí, Iglesia no” suelen esconder la dificultad para tomar posturas comprometidas. Esto también ocurre a nivel institucional. Todos hemos visto cómo personajes de la vida pública, que hacen alarde de laicismo “que no hay que confundir con laicidad”, llegado el momento, no tienen inconveniente en presidir procesiones o ceremonias religiosas, sobre todo cuando están cerca las elecciones.
Jesús de Nazaret siempre se presentó como salvador y no se puede separar su identidad “Hijo de Dios” de su misión “Mesías”. Por otra parte, creer en él, conlleva integrarse en el grupo de sus seguidores. Ciertamente no somos perfectos, ni la Iglesia lo es. Pero la perfección que buscamos es la que nos da Cristo y la Iglesia es santa, no porque nosotros lo seamos, sino porque él lo es. |
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