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La CUARESMA es un tiempo de CONVERSIÓN, es decir, un tiempo de MISERICORDIA. En este cuarto domingo se nos presenta una parábola muy conocida por todos pero que, tal vez por ello, nos impide descubrir la permanente novedad que nos muestra. Al margen de discusiones sobre si es la parábola del hijo pródigo o del padre misericordioso, es cierto que el hombre necesita actualizar en su vida la acogida amorosa de un padre que no pide explicaciones sobre los errores cometidos, sino que abre sus brazos y hace fiesta al ver colmada su esperanza de recuperar lo perdido.
La parábola del hijo pródigo es, sin lugar a dudas, uno de los textos más hermosos del Nuevo Testamento y una de las claves interpretativas del mismo. El relato gira en torno a tres personajes. El triángulo formado por Jesús, los pecadores y los fariseos es reproducido por el padre, el hijo menor y el primogénito.
El padre encarna los sentimientos de Dios —de Jesús— hacia el pecador: lo mira como a un hijo equivocado que, buscando libertad y dicha, abandona la casa paterna. Es el dolor contenido, que no hace nada para ser evitado porque hacer algo sería ir contra la libertad, es decir, contra el amor. La postura del padre refleja que sólo se ama desde la libertad y sólo se es libre desde el amor. Esto explica la explosión de gozo cuando el hijo retorna. Ha sido necesario el error para comprender el alcance de la verdad. En el pensamiento cristiano, Dios no ve la culpa, sino el error y está dispuesto a la misericordia tan pronto como el hombre lo reconoce.
El hijo menor —los pecadores con los que Jesús come—, más que malo, es inconsciente. No hay maldad en su corazón. Sólo quiere emanciparse. Su error no es irse de casa, sino disfrutar de la herencia en vida del padre, cosa que la ley no admitía. Es decir: actúa como si el padre ya hubiera muerto. Freud diría que la desaparición del padre es necesaria para el desarrollo del hijo. El Evangelio afirma que sólo se crece desde el amor. Es un espejismo en el que suelen caer nuestros contemporáneos: creer que o el amor sacrifica la libertad o la libertad sacrifica el amor. Lo vemos como si se tratase de dos necesidades excluyentes. La verdad es que el amor representa la plenitud de la libertad y la libertad, la plenitud del amor. Se necesitan mutuamente como las dos manos.
El hijo mayor —los fariseos— representa a los que han hecho de la fidelidad un ídolo. Había obedecido en silencio durante años, se considera leal y cumplidor. La acogida que se tributa al pecador la interpreta como una injusticia contra sí mismo y por eso se niega a participar de la fiesta. Es la autosuficiencia de los justos, que creen más en la obediencia que en el amor. En el fondo de su corazón sólo hay miedo a ser reprochados, a ser cogidos en falta, a fallar. Son los que han hecho de la vida una tarea de cumplimiento de normas y leyes. Olvidan que el verdadero error es no arriesgar, dejando que los miedos gobiernen sus días.
Estamos ante dos posturas igualmente equivocadas: la de aquellos que sacrifican el amor a la libertad y la de aquellos que lo sacrifican a la lealtad. Ninguno de ellos ha descubierto que la vida —la dicha— sólo es posible si se edifica sobre la libertad y el amor y que ambas cosas se necesitan mutuamente.
Descubrir el verdadero sentido de esta parábola nos lleva a considerar que cualesquiera que sean nuestros errores, nuestros miedos, nuestras inseguridades… siempre hay una posibilidad de amor en nuestra vida que, desde el adecuado uso de nuestra libertad, nos abre al horizonte siempre inescrutable de una vida plena. Vida, libertad y amor se nos presentan como tres realidades alcanzables para construir el gozo, la alegría y la felicidad a las que hemos sido llamados desde el acto creador de Dios.
Desde estas claves es importante reconocer que la conversión no es el esfuerzo o sacrificio que despersonaliza nuestra realidad, no es la humillación del ser personal, no es escudriñar o rastrear la culpa…, sino reconocer nuestros propios errores y salir al encuentro de un abrazo amoroso, el del Padre. |
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