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A menudo estamos muy acostumbrados a hacer una lectura pasiva y cómoda de la Palabra de Dios. Estamos tan habituados a escucharla una y otra vez que difícilmente ésta cala en lo más hondo de cada uno de nosotros para que desde ahí nuestra vida pueda ser transformada. Jesús en este pasaje viene a hacernos una advertencia sobre esto. Él nos dice que no basta con oír la Palabra; es necesario ponerla por obra.
Y es que la Palabra de Dios pierde toda su fuerza cuando no queremos ponerla en práctica. Es como comprarse un coche magnífico, con un motor magnífico, con una estabilidad increíble y con las últimas medidas de seguridad; pero no querer sacarse el carnet de conducir. Podemos verlo todos los días, incluso subirnos al mismo, pero jamás experimentaremos su verdadero valor si no lo conducimos. Muchos se conformarían con ir tan sólo de copilotos, pero esto tampoco es suficiente. Y de esto podemos dar debida cuenta los que hemos conducido alguna vez. Por propia experiencia sabemos que no es lo mismo lo que se experimenta cuando uno es quien controla la “máquina” que cuando lo hace otra persona. Pues bien, con la Palabra de Dios pasa algo parecido; sólo cuando la ponemos por obra descubrimos que es cierto lo que allí se dice y empezamos a experimentar que no hay nada que pueda dar un mayor sentido a nuestra existencia. Aprendemos a valorar que los caminos de Dios son los únicos que dan la verdadera felicidad.
Hoy más que nunca hacen falta testigos que vivan el Evangelio. Nuestros contemporáneos están cansados de escuchar una y otra vez las mismas palabras, en cambio están muy necesitados de hombres de Dios que sean coherentes con aquello que creen. Es normal que hoy los cristianos seamos poco creíbles en medio de nuestra sociedad, ya que en la mayoría de los casos el hecho de estar bautizados no es más que una mera etiqueta que no implica ningún cambio en nuestra vida. La mayoría de nosotros hemos hecho nuestra la célebre frase de Groucho Marx: Estos son mis principios. Si a usted no le gustan, tengo otros. Es muy lamentable decirlo, pero a menudo nos faltan recursos, y lo que es peor aún, convicciones profundas para presentar con la suficiente credibilidad que el proyecto de Dios es el camino de la auténtica felicidad.
En la actualidad nos estamos habituando —por desgracia— a ver como hay personas que no sólo no esconden su codicia, su falta de compromiso social, su egoísmo o su búsqueda patética por el placer a toda costa, sino que además son capaces de hacer propaganda y exhibir sin el menor pudor sus desmanes. En una sociedad como ésta, capaz de presumir de sus propias vergüenzas, ciertamente no es fácil vivir el Evangelio. Pero, precisamente por ello, es mucho lo que nos estamos jugando: nuestra propia felicidad y la de los que nos rodean. Si hemos experimentado una y otra vez que nuestros caminos y deseos no nos dejan satisfechos del todo, ¿por qué no confiar —aunque sólo sea por una vez— y poner por obra lo que Dios nos dice en su Palabra? Sólo quien tenga esta experiencia podrá realmente estar convencido de que Dios es la verdadera roca sobre la que cimentar nuestra vida, y podrá ofrecer a otros una experiencia vivida y no contada. |
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